Ha escuchado aquello de “la vida se lee hacia atrás”? La frase apunta a esos momentos en que nos ponemos a reflexionar y nos damos cuenta de que todo lo que hemos hecho hasta el minuto, cobra sentido. Incluso aquellas decisiones que tomamos y que, para los demás, estaban equivocadas.
El Teatro de los Sueños cumplió, este 2013, una década en escena. Son diez años, en que han hecho todo lo necesario para posicionarse como referentes de un teatro de calle, donde la magia puede ocurrir en cualquier parte y todos estamos invitados a participar.
Dentro de su trayectoria, Miguel Ángel Cancino reconoce muchos hitos en la vida de su escuela. Reconoce que quizás su impulsividad lo hizo asumir muchos riesgos que, poco a poco, ha ido superando, pero que le han traído como consecuencia solo alegrías y sentido de logro.
¿Cómo nace el Teatro de los Sueños?
Yo había estado trabajando un año y medio en la Compañía de la Universidad de Antofagasta. Venía recién llegando de Santiago, de estudiar en la Escuela de Gustavo Meza y después de audicionar con un director español que estaba en esos años, me puse a trabajar. La experiencia fue muy buena,
pero me sentía un poco atrapado en este formato más tradicional. Además, para mí, el teatro es transversal y no tiene muchos requisitos ni para hacerlo ni para verlo, entonces decidí armar mi propio proyecto.
¿Tuviste cómplices en este emprendimiento?
Nos juntamos con Rodrigo Aguirre, que es sicólogo, y con Isis Ramírez, educadora de párvulos. Éramos súper chicos, yo tenía veinticinco años, más o menos, y nos lanzamos con todo a perseguir nuestros sueños. Arrendamos una casa y empezamos a trabajar. Nuestro principal objetivo era masificar el teatro, porque es de todos. La idea es que todos sintieran como propio este arte, sin discriminar por aptitudes, condiciones o conocimientos. Cada uno tenía su rol y nuestras clases estaban orientadas a niños y niñas que quizás nunca iban a ser grandes actores o actrices, pero que obtenían herramientas para desempeñarse mejor, ganaban personalidad y método de trabajo.
¿Cómo era el formato de enseñanza?
Nuestro método de trabajo era en la calle. Le decíamos a nuestros niños que salieran a la calle a observar e interpretar ciertos roles. Por ejemplo, “hoy nos toca estudio de personajes: a buscar un abuelito”. Y todos interactuaban con la gente, en la calle, donde fuera. Era un juego constante y fue ahí que le encontré sentido a la actuación. Nuestra profesión es compleja porque el ego muchas veces juega malas pasadas y nosotros, como compañía, logramos desprendernos de esto y, si es necesario, trabajamos donde sea. Hasta hemos ido a la Vega Central, donde nos han dado frutas y verduras como sueldo. Son experiencias muy interesantes y enriquecedoras.
A mí me gusta trabajar con la gente más necesitada porque siento que reciben de mejor forma nuestro mensaje. Para nosotros recibir una sonrisa es el mejor sueldo y nos permite mantener la mística de nuestro grupo, que es lograr un arte inclusivo.
¿Es en este contexto que nacieron las visitas al hospital?
Efectivamente. Yo, mientras estuve en la escuela, tuve la posibilidad de realizar un taller de risoterapia con el mismísimo Patch Adams. Además, uno de los integrantes de su equipo se enamoró de una compañera de teatro y se quedó acá, dedicándose a impartir charlas y cursos del tema. Participé en todos los que pude. Fue una especie de señal que vinculó la actuación con mi vocación social, heredada de mi madre, que es una mujer con mucha voluntad y amor para dar. Era como la súper mamá de mi cuadra, en la Villa Alemania, donde todos, en algún minuto, llegaban a mi casa a compartir lo que había. Es una gran mujer.
¿Ella te ha visto como payasito en el hospital?
Siempre sabe de mis actuaciones y proyectos. Ambos compartimos esa mirada social de la vida, el espíritu asociativo. No estamos solos y si podemos ayudarnos unos a otros, ¿por qué no?
¿Qué recibes en esas improvisadas actuaciones?
Mucho amor. Además, es interesante la posibilidad de poner en práctica los conocimientos adquiridos y comprobar que, efectivamente, una sonrisa tiene un efecto terapéutico real. Cuando las personas están en ese estado de fragilidad, recibir música, risas y mensajes positivos, influye de manera notoria en su recuperación.
Con toda esa vocación social, ¿nunca pensaste en una carrera más tradicional ligada a esa área?
Es que yo siempre supe que las artes eran lo mío. Siempre me destaqué en los concursos literarios, de dibujo o lo que fuera creativo, y aunque me hubiera encantado estudiar en algún colegio artístico, mi realidad económica no me lo permitía y opté por la carrera de publicidad y ventas en el Liceo Comercial, en parte por complacer a mi papá que esperaba una carrera más tradicional. Cuando terminé, me fui a Santiago a estudiar para visitador médico, pero solo estuve un año en esa carrera y, sin decirles a mis papás, el segundo año me matriculé con Gustavo Meza.
¿Cuál fue su reacción cuando se enteraron?
Me apoyaron siempre. Además se sintieron seguros porque en segundo año empecé a trabajar en el Teatro Imagen, tocando el clarinete para Fatamorgana. Con ellos aprendí mucho, viajamos por todo Chile y a pesar de todo lo maravilloso del entorno en que estaba viviendo, quise volver.
Has tenido harto éxito... al parecer la decisión de estudiar teatro fue muy buena.
Es que cuando uno hace lo que le gusta, es difícil equivocarse. Tuve la suerte de recibir la invitación de un amigo a trabajar con las comunidades de Sierra Gorda, a través de Minera El Tesoro. Ya son ocho años haciendo la vinculación entre bienestar, seguridad y salud. Tanto tiempo ha permitido que generemos un compromiso con los habitantes de estas comunas, apoyando más allá del trabajo. Es complejo crecer en comunas pequeñas, donde hay poco acceso a las oportunidades. Faltan muchas voluntades para mejorar las condiciones de abandono en las que están las comunas más pequeñas de cada región.
Director de escuela, actor, asesor creativo, ¿te da el tiempo?
Hago muchas cosas, pero no las pienso ni analizo. Cuando tenemos eventos o presentaciones no me quedo a comentar lo que pasó, sino que inmediatamente pienso en lo que viene. Las reflexiones nacen solo para mejorar nuestros espectáculos y afianzar a este gran equipo para que yo no sea necesario, porque si el día de mañana me voy, me muero o decido tomar otro camino, el Teatro de los Sueños siga existiendo.
SOÑADOR
Aunque Miguel Ángel tiene un trabajo seguro, además de las constantes presentaciones de su agrupación, se ha propuesto como objetivo enseñarle a su grupo a aprovechar las oportunidades que se presenten y a nunca perder la esencia de la Compañía que es trabajar por los más vulnerables. En este sentido, tenemos un gran apoyo en nuestro administrador, Jorge Pérez León, quien es el encargado de ordenar nuestros contratos y ayudarnos con nuevos proyectos.
“Dentro de nuestras actividades habituales, vamos al Hogar de Cristo. Todos los meses con espectáculos distintos, donde además de presentarnos, muchas veces regalamos juguetes reciclados. Los recibimos, los arreglamos y los etiquetamos para entregarlos con un mensaje de alegría”, señala Miguel Ángel.
¿Cuáles son sus planes en este aspecto?
Además de las funciones en el Hospital Regional, queremos trabajar con los abuelos. Estamos preparando un número que emule al Trío Los Panchos, para acompañar a los abuelitos que están muy abandonados. Hay mucha gente que junta un montón de ropa y dulces y sin siquiera mirar dónde van, dejan este “aporte” y se quedan con la conciencia tranquila. Nosotros no queremos esto, queremos entregar nuestro tiempo y tocar con el corazón de las personas a quienes ofrecemos nuestro trabajo. Creemos que de esta forma se mejora la calidad de esas personas y se contribuye a sanar su alma.
¿Y en otros aspectos más formales?
Estamos a punto de abrir las puertas de nuestro teatro. Este fue un regalito que nos cayó del cielo en la primera etapa de nuestra vida como escuela. Perdimos el arriendo porque casi todos nuestros alumnos eran becados y no podíamos solventarlo. La mamá de dos alumnos escribió una carta al entonces presidente Ricardo Lagos, contando nuestra historia y el aporte que hacíamos para los niños del centro de Antofagasta. Recibimos como respuesta la posibilidad de tener un terreno para construir nuestra propia sala de teatro.
¿Ha sido complicado?
Hemos trabajado mucho. Nosotros mismos limpiamos el terreno y hasta hoy, todo lo extra que recibimos, va directo a la obra. Con la construcción de este teatro se abrirá un nuevo ámbito de acción, no solo para el Teatro de los Sueños, sino que para todas las compañías que quieran usar el espacio. Al fin podremos tener un lugar especialmente pensado para desarrollarnos. El 13 es un número que representa el inicio y este 2013 será nuestro nuevo comienzo, en nuestro rinconcito de calle Caracoles, donde todos están invitados.