Solos en el desierto: los cementerios, dispersos en el desierto chileno, son un patrimonio sin resguardo, situación propicia para que los vándalos de todos los tiempos, los destruyan. Los hay en distintas condiciones; aquellos que solo son un terreno lleno de cruces, otros intentando sostener muros que se desgranan con el soplar de vientos. Y finalmente los que aún surcan su suelo para transformarse en brazos de madre para recibir nuevos difuntos.
La soledad les regala el silencio que se merecen. Todo es de color ocre. Las cruces confeccionadas con madera de pino insigne, se han rendido ante el sol y los vientos. El primero las ha quemado y
el viento ha profundizado los surcos y las vetas, transformándolas en caprichosas figuras.
Así como los ingleses, también surgieron cementerios de chinos. En Tarapacá de Río Seco, cercano a Iquique, se han encontrado restos de momias “hijas del Celeste Imperio”. En Taltal, existe un amplio sitio cercado por rejas forjadas. Pequeñas tumbas son sepulturas de ingleses que se encontraron con la muerte en esa bella bahía. En una de ellas se lee: “In memory of aprendice Albert J. Dead, december 19 - 1910, Age 16.” A miles de kilómetros de distancia de sus hogares, seres humanos de distintas naciones se quedaron solos en el mayor desierto del mundo.
FLORES DE PAPEL Y ZINC
Mujeres pampinas, quizá de la última generación y actuales habitantes de Iquique, se han organizado para recordar con dignidad el día de los muertos en cementerios pampinos. Guiadas por artesanos que conservan la maestría para hacer flores de zinc y papel hacen clases a damas pampinas para enseñarles su oficio.
En Iquique se forma una verdadera fábrica de coronas y flores pintadas de distintos y ardientes colores. Octubre comienza a dar nseñales que pronto el calor se meterá por todos los resquicios del desierto. Será entonces cuando partirán caravanas de mujeres, hombres y niños rumbo a los secos y herrumbrados cementerios de las antaño gloriosas oficinas de Alianza, Victoria y San Antonio, entre muchas otras. Mientras el sol arde sobre sus cuerpos, ellos van dejando, en las abandonadas tumbas, la alegría de una corona de zinc o un manojo de flores de papel. Los cementerios se cubren de colores, haciendo un paréntesis en el mundo eterno de los pampinos fallecidos.
SIN DEFENSORES
Sin vigilantes ni fuerzas especiales, los muertos de los cementerios pampinos han formado su propia defensa que logra, en parte, ahuyentar a los saqueadores y vándalos del desierto, creando leyendas terroríficas sobre la historia de sus vidas de muertos: la “viuda” que pasea su soledad rondando el cementerio; la rubia demoníaca; la Juanita de la pampa y otras tantas. Sobreviven en el recuerdo de los más antiguos, quienes lo divulgan para difundir el respeto por las tumbas que alojan a miles de personas que ayudaron a sostener la economía nacional cerca de un siglo de nuestra historia.
Ninguno de los vándalos violadores de tumbas se atrevería a entrar de noche a cementerios del desierto. El miedo es cosa viva.