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EDICIÓN | Octubre 2013

Corazón Aymara

Hellen Grimaldi, pintora
Corazón Aymara
El proyecto artístico de Hellen Grimaldi busca traspasar conceptos de los pueblos originarios, levantando en sus obras imágenes que componen la cosmovisión andina, la que une tres mundos: el celestial, el terrenal y el mundo de los muertos. Nacida en Iquique, con ascendencia aymara, encuentra en esta tierra su inspiración y, a la vez, el desarrollo de una expresión visual con identidad local.
 

texto y fotografía Soraya Valdivieso V.

Bajo la sombra de naranjos y limoneros creció Hellen. Recuerda el color de los árboles en las diferentes temporadas del año, el ruido de las acequias y las eternas caminatas por el desierto. El Oasis de Pica fue el lugar que marcó la vida de esta artista, allí creció hasta alcanzar la adolescencia, junto a su abuela de origen aymara y la realidad de un pueblo que antiguamente fue el excéntrico refugio de reyes Incas.
 
Desde niña, Hellen gozó de percepciones poco comunes, los bailes típicos, la música andina y el paisaje natural que rodeaba su hogar, fueron parte de sus experiencias que formaron a una mujer de personalidad reflexiva y serena. Su trabajo ha sido una intensa búsqueda tras sus verdaderas raíces, y sus pinturas lo retratan claramente. Han sido grandes desafíos los que ha debido superar, incluso discriminación y duras críticas; sin embargo, el amor al arte ha podido más y hoy se confiesa más fuerte, por lo que se impone grandes metas.
 
¿Actualmente en qué estás?
Quiero darle un espacio relevante a la pintura indígena, es importante preservar la sabiduría de los ancestros, por lo que actualmente estoy trabajando para destacar la garra de la mujer aymara. Hijas del sol se titula mi próxima muestra, que hoy compite para adjudicarse un FONDART para ser desarrollado en 2014. Me ha llevado bastante tiempo de investigación, pero estoy segura de que si se concreta le llegará a mucha gente hasta el corazón, porque las protagonistas son inspiradoras, mujeres de sacrificio y esfuerzo, que han luchado por mantener sus tradiciones.
 
¿Cómo ha sido la recepción de tus obras de índole indígena?
Colores peregrinos fue mi primera muestra de exhibición. Recuerdo que tenía mucha vergüenza de estar presente, sin embargo, el público sintió que mis cuadros, que por cierto retrataban los bailes, la música y la energía andina, eran una invitación a participar de la celebración, entonces fue como abrir una puerta ancha donde todos podían entrar y gozar la fiesta.
 
Me imagino que desde ese momento rompiste tus parámetros de timidez...
Descubrí que mi alma indígena despertaba a través de la pintura. Probablemente por complejos o timidez nunca gocé de las tradiciones de mi pueblo, yo solo era una observadora en medio de las celebraciones. Cuando aprecié el positivo recibimiento de la gente, sentí que estaba en lo correcto y pensé en no dejar de hacerlo nunca más.
 
Pero también has recibido duras críticas y hasta discriminación por tus pinturas, ¿cómo logras mantenerte firme contra eso?
Conozco artistas aymaras que se dedican a la pintura contemporánea, porque no se sienten orgullosos de sus tradiciones; por mi parte, me miro al espejo y veo en mi rostro la herencia indígena y no puedo negarme a eso. Muchas veces por mi apellido o porque actualmente vivo en Iquique he recibido duras críticas, incluso me han discriminado. Pero más allá de eso, me he propuesto darle un valor a mi técnica y resguardar el patrimonio cultural aún latente en la región.
 
¿Con qué técnicas trabajas?
He participado en talleres de acuarela, grabado y cerámica, lo que me ha permitido desarrollar una mezcla de técnicas que aplico en la creación de mis obras. He hecho muestras con textura, sin textura, incluso en la Mitología del desierto, mi última muestra (2013), trabajé con arena, desarrollando una infinidad de combinaciones, juego con las forma y texturas, que se convierten en la viva expresión del desierto.
 
¿Qué buscaste transmitir con Mitología del desierto?
Que al observar los cuadros podamos visualizar las huellas que han quedado grabadas con el paso del tiempo. Al caminar sobre la arena y escarbar en ella encontramos recuerdos ancestrales de quienes transitaban por estos territorios, provocando una reminiscencia de la humanidad en la llanura desértica, hoy silenciosa y solitaria.
 
“Poseo un apellido netamente italiano que lo heredé de mi padre. Así como en las películas, él se enamoró de una nativa aymara y nací yo. Desde ahí en adelante siempre estuve en la búsqueda de mi verdadera sangre. Cuando crecí todo fue muy claro y pude sentirme lo que hoy declaro con mucho orgullo: indígena”.
 
¿Cuál ha sido el mayor desafío en tu carrera como artista?
Encontrar mis raíces... poseo un apellido netamente italiano que lo heredé de mi padre. Así como en las películas, él se enamoró de una nativa aymara, y nací yo. Desde ahí en adelante siempre estuve en la búsqueda de mi verdadera sangre. Cuando crecí todo fue muy claro y pude sentirme lo que hoy declaro con mucho orgullo: indígena.
 
 
REPRESENTANTE DE CULTURAS
 
Del 2000 al 2002, Hellen estudió arquitectura en la Universidad Arturo Prat de Iquique, fue en este último año cuando ingresó al taller de pintura de la UNAP, “La Silla”, dirigido por el pintor licenciado en artes Pedro Rodríguez Fischer. En ese taller comenzó a tomarse las cosas en serio y pese a que su carrera artística empezó relativamente tarde, es importante destacar que se ha adjudicado, hasta la fecha, seis proyectos financiados por el Ministerio de Cultura, FONDART y otros por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena. Además ha expuesto sola y en exposiciones colectivas nueve veces. En otro sentido, Chinchorro, escultores del silencio, muestra que inauguró en 2012, dejó un importante legado cultural, sobre todo en la Región de Arica y Parinacota.
 
Esta serie de pinturas está inspirada en los vestigios funerarios de la Cultura Chinchorro. Grupo de pescadores y recolectores costeros que realizaba un complejo tratamiento mortuorio a sus difuntos. “Mi trabajo en esta serie toma como tema principal la muerte, pero desde el punto de vista de los Chinchorro, o sea, como una oportunidad para el desarrollo del arte. Setrabaja el deterioro, el paso del tiempo, la inmovilidad, incorporando las características propias de los tratamientos en la momificación Chinchorro en el uso de colores, formas y texturas. De esta forma podemos ver que la muerte es el fin y, a la vez, fue un comienzo para la creación”.

 

 

“Poseo un apellido netamente italiano que lo heredé de mi padre. Así como en las películas, él se enamoró de una nativa aymara y nací yo. Desde ahí en adelante siempre estuve en la búsqueda de mi verdadera sangre. Cuando crecí todo fue muy claro y pude sentirme lo que hoy declaro con mucho orgullo: indígena”.

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