Siempre me he preguntado, sin encontrar respuesta, cuándo elegí ser artista. En el camino me encontré con personajes, como en aquella película llamada Encuentros con hombres notables. El primero de ellos fue Francisco Smythe, de la Escuela de Santiago, con una larga estadía en Italia. También los Pop desde Andy Warhol hasta Jean Michel Basquiat. La música de The Smiths y el Brit Pop 80.
Luego los viajes, Arthur Rimbaud y Mala sangre.
Pero creo que mi mayor deuda es con Wassilly Kandinsky y su primer libro de 1919, De lo espiritual en el arte.
“El artista crea misteriosamente la verdadera obra de arte por vía mística. Separada de él, adquiere vida propia y se convierte en algo personal, un ente independiente que respira de modo individual y que posee una vida material real. No es un fenómeno indiferente y casual que permanezca inerte en el mundo espiritual, sino que es un ente en posesión de fuerzas activas y creativas”.
La obra artística vive y actúa, participa en la creación de la atmósfera espiritual. Solo desde este punto de vista interior puede discutirse si la obra es buena o mala. Si su forma resulta mala o demasiado débil, es que es mala o débil para provocar vibraciones anímicas puras. Por otra parte, un cuadro no es bueno por la exactitud de sus valores (los valeurs inevitables de los franceses), o porque esté casi científicamente dividido entre frío y calor, sino porque posee una vida interior completa. Un buen dibujo es aquel en el que no puede alterarse nada en absoluto sin destruir su vida interior, con independencia de que esté en contradicción con la anatomía, la botánica o cualquier otra ciencia.
No se trata de que el artista contravenga cierta forma externa (por lo tanto casual), sino de que necesite o no esa forma tal como existe exteriormente. Viajé de Antofagasta a Santiago, luego a Valparaíso y de regreso a mi ciudad. Veinte años después, todavía no sé por qué estudié Arte... y no sé si vale la pena descubrirlo.