Pichilemu es conocido por quienes aman todo tipo de deportes, especialmente el surf. Aquí están las playas de Punta de Lobos, en donde no es difícil ver corriendo sus feroces olas a Ramón Navarro o a Cristián Merello, surfistas profesionales de la zona y cotizados a nivel mundial.
Este balneario, muy visitado por la gente de la región de O'Higgins y del Maule, cuenta con todo tipo de restaurantes ubicados en su costanera, que privilegian la vista al mar. Además, hay gran cantidad de cabañas familiares y otro tipo de hospedajes más bien orientados a deportistas, pequeños lofts y habitaciones.
No por nada en la sección “Viajes” del New York Times, salió una nota de este lugar. Una periodista del prestigioso diario andaba en búsqueda de los mejores territorios para descansar y surfear en las cotizadas costas de Chile, y llegó a este lugar que la maravilló. También, y hace algunas semanas, fue nombrado como un destino único en nuestro país en la revista Vogue de Brasil.
DESCANSO SUBLIME
El hotel existe hace un año y fue una idea de Claudia Rajcevich y de su marido Renato, ambos con casa hace siete años en la zona, y quienes finalmente, y aprovechando que los niños ya están grandes, se trasladaron a vivir en estas costas, buscando una vida más tranquila y ya con la idea de dedicarse por completo al hotel. “Todas nuestras vistas que venían a vernos a la casa, siempre hablaban maravillas de esta, y nos preguntaban dónde podían quedarse alojar otros amigos de ellos mismos en Pichilemu, un lugar que tuviera la onda de la casa. Entonces y con mayor razón pensamos que debíamos embarcarnos con el hotel, porque no había algo como esto acá”.
Por otro lado, cuenta Claudia que también existía la necesidad de un hotel más privado, lejos de todo, pero cerca a la vez del pueblo, “porque aquí siempre hubo más cabañas familiares, nada único. Además, hay gente que quiere venir a descansar y no a trabajar, a cocinar, etc. Personas que buscaban algo más lujoso y en donde no tuvieran que hacer nada más que relajarse”.
La diferencia de este hotel boutique con los demás es que aquí atienden al pasajero, pero no se ve quién lo hace. Por ejemplo, las reservas se realizan solamente por internet. Al llegar, Claudia entrega las llaves de la habitación, y de las dos puertas que hay y que llegan a la playa. Luego muestra las instalaciones, da recomendaciones, y otros. Aunque casi siempre todo está acordado de antes, por mail, incluso cuáles serán los masajes que se pedirán, o bien si se necesitará usar la sala de reuniones, o profesor de yoga.
Nadie más se ve, porque la idea para Claudia es que cada persona se sienta en su propio refugio. Así en la mañana uno abre la puerta y afuera hay un canasto con desayuno —previamente se pregunta a qué hora lo quiere y qué es lo que se debe traer—; la idea es que no haya prisas, ni horarios demarcados que estresen a la gente. Si se quiere desayunar a las nueve o a las doce, no hay problemas, el canasto estará allí esperando.
Luego, hay una espaciosa terraza con grandes tumbonas para dormir la siesta, leer o, simplemente, disfrutar del paisaje. Aquí también se dispusieron grandes quitasoles con base de troncos pequeños de eucaliptus y mesas del mismo material. Dentro está el Honesty Bar con un frigo bar con todo tipo de bebidas, cervezas, vinos, tés, cafés, y cosas ricas para comer, tipo picoteo. Los pasajeros toman y comen lo que quieran y luego, antes de irse, llenan un papel con lo consumido y lo dejan en una caja plástica transparente con llave. Claudia recoge estas fichas, manda la cuenta por internet y espera la transferencia electrónica. Aquí la confianza es la clave. No se hacen transacciones monetarias, no hay redbanc, ni tarjetas de crédito, todo por la web.
En este espacio también hay sillones, libros, y objetos decorativos de la zona para comprar, como bolsos, esculturas o pinturas. En un área hay cientos de tarjetas con recomendaciones de tours que se pueden hacer tipo trekking, o cuáles son las mejores playas para surfear, paseos en bicicleta, o cómo llegar a Pañul, en donde se hace una de las cerámicas más bellas de Chile. También se puede ir a Cáhuil y conocer las salinas de mar; en fin, quien quiere salir, cuenta con mapas y tarjetas para comunicarse con un agente de turismo. También hay volantes que informan sobre fiestas, restaurantes, deliverys, viñas, museos, y los mejores datos para salir a comer o para que llegue el sushi directo a la habitación, porque aquí solo se ofrece desayuno, no hay cocina.
SIMPLEZA & PUREZA
La idea del hotel también salió de los hospedajes en donde los dueños se han quedado en sus diferentes viajes por Nepal, Katmandú, Bután, Camboya, la India, entre otros. “Son lugares en donde se vive en otro tiempo y por eso quisimos crear un lugar tranquilo, porque cuando viajamos siempre está la señorita que te ofrece miles de tours, el desayuno que es solo hasta las diez, la gente de la limpieza que te toca la puerta para ver si pueden entrar, en fin... no se descansa. Lo mejor es que te ofrezcan todas las distintas opciones y uno elija tranquilo y cuando quiera. La idea es sentirse libre. Me doy una vuelta en el día, pero trato de no venir mucho para no incomodar a nadie; para cualquier cosa, los clientes tienen el número de mi celular”.
Además de Budas, que son parte de la decoración del hotel —los hay en todas las zonas, entre las suculentas que tapan los jardines que se encuentran entre cada habitación, en la terraza uno grande como fuente de agua, en las tinas— y otros objetos como sillas con diseño africano, existen troncos de madera como decoración de algunos lugares y recolectados de la misma playa, troncos con diferentes formas que deja la marea por la noche y que ornan distintas partes del hotel, sin invadir la vista. “Quise que la decoración fuera simple, pero también que ayudara a que la gente se vaya desconectando de lo que ve todos los días”.
Las habitaciones, que son como pequeñas cabañas de líneas simples y suaves, cuadradas, de arquitectura pura, están hechas en madera de pino y ciprés, limpia, sin nudos. Cuentan con un baño de lujo y ventanas para mirar al mar, y una terraza amplia con cierres de cristal para admirar la panorámica: se puede ver desde Los Morros de Punta de Lobos hasta Topocalma.
Para Claudia, la decoración es minimalista pero acogedora, el arquitecto fue Igor Moraga, cuya empresa se llama Loft 7. “Lo elegimos porque nos gusta mucho su trabajo de arquitectura limpia, nos gustan sus diseños y el orden y la responsabilidad con que trabaja. Nosotros pensamos que el hotel hace el viaje. Porque cuando uno sale a conocer, entre las expediciones y lo demás, termina muy cansado, entonces si llegas a tu habitación y puedes recibir un descanso reponedor, la experiencia se vuelve inigualable”.