Amedida que Concepción progresaba y aumentaba su población, surgía la necesidad, a la usanza de las grandes ciudades, de crear parques y paseos, donde los vecinos pudiesen disfrutar de la naturaleza. Las colonias extranjeras eran especialmente sensibles a este tema, al punto que elegían vivir en quintas o formaban clubes con este fin. Así, miembros de las colonias inglesa, francesa y alemana construyeron sus casas en el sector de Agua de las Niñas, que corresponde al actual barrio de Pedro de Valdivia.
El antiguo camino de la Frontera, que cruzaba lugares habitados por mapuche, como Lonco, Chiguayante, Hualqui y Quilacoya, conducía hacia el norte por Rere y hacia el sur, atravesando el Biobío, hacia el valle de Catiray o Santa Juana de Guadalcazar. A fines del siglo XIX, el sector más cercano a Concepción se fue poblando, hasta transformarse en el barrio Agua de las Niñas, hoy Pedro de Valdivia.
En 1898, un decreto municipal dispuso que la avenida principal del sector se denominara Pedro de Valdivia. En la parte alta y las calles aledañas se instalaron familias extranjeras, de origen alemán, inglés, francés y español, quienes formaron quintas y parcelas, así como explotaciones comerciales, como barracas y curtiembres. Se levantaron verdaderas mansiones señoriales, rodeadas de jardines y flora autóctona, como el llamado castillo “Sofita”, de Sofía Gesswein de Burmeister.
Allí existió la fábrica de cerveza de los hermanos Keller y luego la Compañía de Cervecerías Unidas, que se mantuvo por cien años (1895-1995). También la Iglesia Anglicana Saint John, inaugurada en 1915 y, por fortuna, reparada tras el terremoto de 1939, a diferencia de otros malogrados edificios penquistas. Existía también la Quinta Junge, que tuvo un cuidado jardín y un zoológico, muy visitados a principios del siglo XX. La avenida principal podía recorrerse en carros de sangre o tranvías tirados por caballos. De todo eso, queda muy poco. Apenas el nombre de las avenidas transversales, que recuerda a las colonias extranjeras y a los antiguos moradores y, por supuesto, la vista majestuosa del cerro Caracol y el impasible Biobío.