Vive en un hermoso espacio decorado por sus trabajos y la naturaleza que tanto ama. Tras la oficina de su marido, hay una pequeña puerta que esconde su taller, que se ha convertido hace años en su propio mundo y el refugio que ha elegido para crear su arte. “Después de haber experimentado diversas técnicas manuales, elegí dedicarme al telar porque me di cuenta de que, por primera vez, trabajaba desde el corazón”.
De padres gallegos y criada bajo la rica cultura española, esta sanantonina creció rodeada del arte manual. Fue su madre quien le enseñó el tejido desde pequeña y es aquí donde nace su amor por crear. En el año ochenta y tres, llega junto a su familia a la región del Biobío y se matricula en la Universidad de Concepción para estudiar lo que siempre anheló: Licenciatura en Educación con mención en Artes Plásticas.
La enseñanza y el poder impartir sus conocimientos le llamaron la atención desde siempre y es por esto que decide trabajar en un colegio. “Cuando egresé de la universidad, me gustaba enseñar a niños pequeños, pero me tocó hacerle clases a jóvenes de enseñanza media que casi tenían mi edad. Al principio fue difícil, pero de a poco le fui agarrando el gustito”. Fueron ocho años los que trabajó como profesora pero al nacer su hijo Eduardo, decidió retirarse del área educacional y asumir por entero su rol de madre.
TELAR Y VIDA
Al crecer su hijo, Gloria volvió a sentir la necesidad de crear y decidió formar parte del Taller de Telares en el Estadio Español. Es ahí donde aprende telar, tejido y crochet.
¿Qué es lo que más te gusta de los telares?
En un principio pensé que era un trabajo de abuelitas, pero al conocerlo a fondo me volví loca con la técnica y descubrí que era un mundo muy amplio. Desde ese momento se convirtió en mi pasión. Lo que más me gusta de los telares es que adornan cualquier pared, ya sea una casa elegante o rústica, e incluso oficinas. Además, me da la posibilidad de ir creando en el momento. No me gusta tener una idea predeterminada, encuentro que hacerlo así es muy frío. Por otro lado, la calidez y los colores de la lana hacen que trabajar sea muy agradable y me inspira a seguir creando.
¿Cómo se confecciona un telar?
Primero se hila, se hace la trama y posterior- mente se ponen encima las lanas, la madera, el fieltro, las cerámicas, o cualquier otra aplicación. Personalmente, me gusta incorporar muchas cosas de la naturaleza, esto hace que mis trabajos sean únicos y que a la gente le gusten. Lo natural forma parte de mí y eso es lo que quiero expresar en cada uno de mis telares.
¿Cómo un simple pasatiempo se transforma en negocio?
Comencé a hacer telares para adornar mi casa, y a mis familiares, vecinos y amigos les encantó. Me preguntaban si me podían comprar uno, pero encontraba tan difícil ponerle precio a algo que yo hacía con las manos. Pero tras la insistencia, mi taller se fue transformando en una tienda-taller y hoy ya tengo muchos clientes en la región, en Chile y en el extranjero, como España y Canadá.
DIFUSIÓN
Esta artista regional, al darse cuenta de que su trabajo realmente estaba causando gran interés en el público, decide buscar un lugar donde exponer. Fue entonces cuando una noche, cenando con su marido en La Pasta de la Nonna, notó que faltaba calidez en las paredes de aquel lugar. Desde ese día, el restorán es el hogar de treinta telares de la artesana. “La dueña dice que yo le decoro el local y, a su vez, a través de este hago contactos para ventas. Sin duda este espacio me ha ayudado mucho a difundir mi arte”.
¿De qué otra manera muestras tu trabajo?
¿Cómo has sabido compatibilizar el trabajo con el rol de madre?
El trabajar en la casa me deja ser una mamá presente y estar siempre pendiente de Eduardo. A veces paso horas en el taller, pero estamos al lado. Sin duda ser mamá y artista han sido mis mayores logros. A mis cuarentaisiete años me siento realizada; encontré algo que realmente me entusiasma, que es compatible con mi rol de mamá y, además, la gente valora mi trabajo. Eso es lo más importante para mí.