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EDICIÓN | Octubre 2013

Un loco lindo

Tiburcio de la Cárvova, empresario
Un loco lindo
Busca constantemente la libertad, no le interesa ganar dinero sino que forjar su destino. Y lo ha conseguido. Con pequeños y grandes fracasos, pero también con tremendos éxitos, ha levantado y cerrado negocios. ¿Su última aventura? El Santiago MakerSpace, un lugar donde los genios, inventores y creativos pueden sentarse a trabajar. El espacio con el que siempre soñó. 

por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló

Había una vez, hace poco más de treinta años, en Buenos Aires un niño llamado Tiburcio. A lo mejor por la curiosidad de un nombre que habían llevado desde la colonia los hombres de esta familia, o quizás simplemente por una cuestión de personalidad, este pequeño era especialmente curioso e inquieto... a tal punto que a los once años había descubierto la pólvora. Y lo había hecho literalmente, haciendo explotar los baños de su colegio y buscando estallar todo a su paso.
 
“Me echaron de un par de colegios. De uno de ellos, por preguntar demasiado... de ahí mi convencimiento de que la educación es una porquería, que te enseña humillándote si te equivocas, cuando hacerlo mal es la mejor manera de aprender”.
 
Considerado uno de los genios del emprendimiento, este argentino de cuarenta años, que circula con polera de comics, zapatillas y una barba tipo candado, se propuso demostrar que era posible desarrollar sus propios talentos, trabajar en lo que realmente le apasionaba y, al mismo tiempo, ser exitoso. En su caso, lo logró a través de internet, del mundo de los videojuegos y, en el último tiempo, promoviendo un espacio para inventores y genios locos. O sea, un sitio para personas como él.
 
Conversamos en una de las largas mesas de trabajo que existen en el Santiago MakerSpace y, mientras intentamos enfocarnos en un solo tema, el Tibu, como lo llama todo el mundo, trabaja afanosamente en instalarle un sistema de luz y sonido a una calavera de plástico: “Este va a hacer nuestro timbre”, explica muy serio. Este espacio es, hoy por hoy, lo que más le entusiasma y lo que pretende transformar en su único foco en el mediano plazo.
 
La génesis de este proyecto está en lo que estaba ocurriendo los últimos años en algunas de las ciudades más desarrolladas, donde los “inventores” empezaron a salir de sus casas y sus garajes para juntarse y compartir ideas. Los Hacker Space, que no deben su nombre a los hackeadores de computadores, sino al concepto de transformar o modificar las cosas, sirvieron de inspiración a Tiburcio y a su socia en este emprendimiento, Macarena Pola, para abrir este galpón ubicado en Avenida Italia, donde pudieran reunirse personas creativas que, a través del caos y la interacción, dieran vida a sus ideas.
 
¿Cuál es el modelo de trabajo, le gente toca la puerta y empieza a trabajar?
Sí, tiene mucho de eso, este es un lugar abierto a quienes quieran participar. De hecho así comenzamos, la gente empezó a aparecer sola. Funcionamos como un club en que cada uno paga una membresía, aunque la verdad es que dos tercios de los que aquí participan están becados. Es el prototipo del lugar que a mí me hubiese gustado que existiera cuando era niño...
 
 
LOS PRIMEROS TROPIEZOS
 
En la vida de Tiburcio nada fue azaroso. Y si lo fue, los éxitos y fracasos le hicieron aprender cuál era el verdadero valor de las cosas.
 
Salió del colegio y entró a estudiar leyes. Porque como él mismo recuerda el refrán: “serás lo que quieras ser o serás abogado”. Aunque le iba bastante bien, el último año le ofrecieron ir a hacer un curso a España. En ese país conoció Internet y se le ocurrió hacer algo para que todos tuviesen acceso. De vuelta a Argentina empezó a buscar, a moverse y a preguntar. Le dijeron que alguien estaba buscando gente que supiera del tema y se ofreció; no sabía mucho pero estaba convencido de que la mejor manera de aprender era haciendo.
 
Así nació su primera empresa ISP, que proveía de acceso a internet. Aunque la recuerda como una experiencia divertida, reconoce que no tuvo la precaución de entender el negocio antes de embarcarse: “al final, la empresa no era mía y todos empezaron a pelearse y vender. La lección fue clara: la próxima vez, solo”.
 
El segundo intento fue en grande. Sentado en el quincho de su casa con dos amigos comenzó a dar forma a CollectiveMind, una empresa que fue un paso más allá del servicio para pasar al contenido, creando sitios web de comercio electrónico, muchos de los cuales existen hasta el día de hoy. A los veintitrés años, y sin ninguna formación en negocios, comenzó a recibir capitales privados y a crecer inorgánicamente, abriendo oficinas antes de tener los clientes. “Cuando el mercado explotó
me quedé solo frente al despelote y tuve que plantearme la posibilidad de volver a empezar desde cero, pero con un montón de problemas y mucha gente cuestionándome”.
 
Debe haber sido un momento muy difícil...
Creo que el más duro de mi vida. Me acuerdo que en medio de todo yo venía viajando desde Brasil cuando una turbulencia empezó a sacudir el avión... la gente gritaba y lloraba y yo sonreía, porque pensaba que si el avión se caía, entonces mis problemas se acababan de una buena vez. Así de mal estaba.
 
¿Cómo te rearmas después de eso?
El 2001, decidí hacer lo que había soñado cuando niño: videojuegos. Lo comenté con mis conocidos y alguien me ofreció presentarme a una persona que podía ayudarme. Fue así como llegué donde Wenceslao Casares (empresario argentino, fundador de Patagon y uno de los grandes ganadores del boom de las punto com). En él encontré a un gran tipo que provocó un gran cambio en mí. Yo tenía mucho miedo y él fue muy transparente, conversamos del proyecto y me presentó a Esteban Sosnik, que hasta el día de hoy es mi socio. Juntos creamos Wanako y nos instalamos en Chile, porque nos pareció el mercado con las mejores posibilidades para emprender.
 
Se metieron a competir con verdaderos monstruos de la industria...
Nos concentramos en crear una industria de videojuegos para la región y le apuntamos con productos estrella como el AssaultHeroes, que fue elegido el juego del año. Trabajamos y nos divertimos mucho, hasta que el 2006 nos compró la multinacional Vivendi.
 
O sea, todo de nuevo.
Pero a esas alturas era una oportunidad y con Esteban decidimos seguir en la línea de los juegos, pero esta vez en plataformas móviles. Creamos AtakamaLabs, que el 2011 fue adquirida por la compañía japonesa DNA, pero que sigue existiendo como tal y a la que yo sigo dedicándole gran parte de mi tiempo.
 
Wanako, Atakama... hay una línea de identificación con Chile
Para nada. Es divertido, pero jamás fue nuestra intención. Wanako es el nombre del campo que tiene Wenceslao y Atakama... la verdad es que con Esteban llevábamos mucho tiempo tratando de decidirnos por un nombre y al final le dije “si no se nos ocurre nada más inteligente, le ponemos Atacama”. Y así fue.
 
 
SIN FRONTERAS
 
Hoy la vida de Tiburcio está dividida entre Santiago y Vancouver. Vive parte del año en esa ciudad canadiense, ordenando un estudio de la empresa DNA. Pero su hogar permanente, la casa que comparte con su mujer y sus pequeños hijos, de tres y seis años, está en Chile.
 
¿Cómo definirías la experiencia de trabajo chileno-argentina?
Creo que todo eso de chilenos y argentinos son puras tonteras. Una vez que empiezas a trabajar, esas distancias dan lo mismo y las generalizaciones son absurdas y peligrosas, porque incluso pueden provocar guerras. Yo soy yo, pasional y bruto, puteo pero no porque soy argentino... o sea, Steve Jobs puteaba a todo el mundo y no era argentino y yo puteo a todo el mundo y no soy Steve Jobs. Si es dulce de leche o manjar no importa demasiado, al final es todo lo mismo.
 
¿Es posible hacer un balance de tu experiencia como emprendedor?
Muchos y la mayoría más negativos que positivos. Emprender es muy difícil, se sacrifican muchas cosas... yo no pude acompañar a mi papá el día que murió porque estaba arriba de un avión, y esas cosas no se olvidan. Está lleno de gente que se mueve con un sentido financiero viendo negocio en todo. Yo jamás he hecho algo por plata y la verdad es que me importa muy poco. Lo único que importa es hacer lo que realmente te gusta y construir tu propio destino. Acumular es una estupidez, a mí lo que me mueve es la libertad.
 
¿Y ya no haces explotar cosas?
Claro que sí, pero con mi hijo. Hay tradiciones que es importante traspasar.

 

 

“Creo que todo eso de chilenos y argentinos son puras tonteras. Una vez que empiezas a trabajar, esas distancias dan lo mismo y las generalizaciones son absurdas y peligrosas, porque incluso pueden provocar guerras. Si es dulce de leche o manjar no importa demasiado, al final es todo lo mismo”.

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