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EDICIÓN | Octubre 2013

Mongolia tierra de todos

Entre China y Rusia
Cada vez que pienso en la libertad, recuerdo un sueño de niña donde galopo tratando de alcanzar el horizonte infinito de verdes y floridas praderas, subiendo y bajando silenciosas colinas, sin barreras ni rastros humanos. Un día, buscando si en algún lugar del mundo existirían estos paisajes, descubrí que el caballo es sagrado para los mongoles y que todas las tierras fuera de Ulaanbaatar, su capital, son libres. Con casi dos millones de kilómetros cuadrados de extensión y menos de tres millones de habitantes, Mongolia es el país menos densamente poblado y el último nómade del planeta.
 

Texto y fotografía: Constanza Ángela Fernández Curotto (mail: conifernandez@gmail.com)

Llegar hasta allá fue el primer desafío. Tuve que confiar en una idea budista que habla de permitir que las cosas tomen su curso y soltar el control del viaje. Intuía que sería difícil, pero anhelaba recorrer ese mar de tierra sin fin y encontrarme con personas que me parecían de otra era. Después de correr por los aeropuertos tratando de explicarle a indios y chinos que todo se había complicado en Delhi por un retraso de diez horas que me llevó a perder todos los vuelos, finalmente estaba sobrevolando el inmenso vacío que forman las estepas mongolianas, y la ilusión de estar cada vez más cerca de ese sueño de infancia disolvía el cansancio de un largo viaje. Desde el cielo el escenario parecía amable. Blancas estupas, símbolos budistas de origen indio, me recordaron que estaba pronta a aterrizar en un país budista que convive a diario con rituales chamánicos ancestrales, principales pilares culturales de un país que, a pesar de ser una república democrática abierta al mundo con la caída del comunismo, se ha mantenido lejos de la modernidad.
 
Sólo en la capital es posible encontrar algún centro comercial o cine, basta con alejarse unos pocos kilómetros de ella para que toda evidencia del siglo XXI, prácticamente, desaparezca. Las carreteras no existen y el transporte público no está pensado para el turista, a excepción de escasos buses que sólo los mongoles identifican y del ferrocarril transmongoliano que atraviesa de norte a sur el país. Con este panorama fue vital compartir los primeros días con mi amiga francesa Melanie. Nos encontramos en la contaminada Ulaanbaatar en medio de un tráfico desconcertante, con autos con volante a la izquierda y otros a la derecha, con taxis sin distintivo que sólo los mongoles se atreven a parar.
 
Nos comunicábamos con señas, porque nadie habla inglés, mientras nos perdíamos entre grises edificios de estilo soviético, herencia de su calidad de estado socialista aliado de la URSS entre 1924 y 1992. Cuando ya casi nos rendíamos, una pareja de jóvenes mongoles, que hablaban francés porque vivían en Francia, nos invitaron a sumarnos a sus vacaciones rumbo a Kövsgöl, una gigantesca masa de agua que se congela en invierno, allá en la frontera con Rusia.
 
 
ENTRE LA LUNA Y EL SOL
 
Partimos de madrugada en una caravana de tres camionetas, listos para enfrentar una ruta que, según todas las advertencias, sería solitaria y difícil. Estaba oscuro y, aunque el paisaje aún era un misterio, podíamos sentir el mal estado del camino. Tres o cuatro días tardaríamos para llegar al campamento de los abuelos de nuestros amigos, pastores nómades que viven en una de las riberas del lago más grande del país, en gerts, rústicas carpas móviles, vitales para su subsistencia. Estos hogares son los mismos de hace cientos de años y junto a ellos se conserva el aprendizaje oral, modo en como los niños aprenden a cuidar animales y relacionarse con la naturaleza, porque aquí la escuela física, así como la conocemos en occidente, no existe.
 
Recuerdo el primer amanecer en la ruta con la luna llena despidiéndose en el centro del camino, mientras, a nuestras espaldas, el sol se hacía sentir iluminando a un grupo de caballos salvajes. Ahí estábamos, a miles y miles de kilómetros de casa, recorriendo el monótono paisaje, ocasionalmente interrumpido por pequeños y silenciosos puntos blancos rodeados de animales, los campamentos mongoles, verdaderos centros de información. Fue usual parar cada vez que los divisábamos para pedir orientación, ya que la ruta era un sendero difícilmente identificable. Me preguntaba cómo podían estar tan equipados estando tan aislados, porque el televisor, la antena satelital, el panel solar y la moto fueron elementos que se repitieron hasta en los rincones más alejados, devolviéndonos por algunos instantes al presente.
 
Despertamos en el Parque Nacional Tsagaan Nuur luego de pasar una noche de luz, bajo un cielo en el que no había espacio para más estrellas. Al salir de la carpa me vi obligada a desayunar pan untado en grasa y relleno de carne, con un queso tan duro que nunca encontré la forma de mascar. Los amigos franco-mongoles no entendían por qué no comíamos grasa ni mantequilla a cucharadas, parecía una ofensa, porque estaban compartiendo lo mejor que tenían, pero para nosotras era difícil tragar un trozo de hígado cocido o un té con sal. La ruta y la convivencia se fueron complicando, a ratos el viaje parecía más un paseo en bote, por los cientos de charcos y ríos que cruzamos, que terminaron por fundir el motor de la camioneta obligándonos a separarnos.
 
 
EL ETERNO COMBATE
 
Estas estepas del Asia Central, aparentemente deshabitadas, esconden los vestigios de sanguinarios combates entre tribus nómades que hace cientos de años aumentaban su poder conquistando nuevos territorios, hasta que el liderazgo del mítico guerrero Gengis Khan se impuso, unificándolas en una sola gran fuerza mongola.
 
Ese pasado guerrero parece haberse cristalizado en las nómades familias mongolas, porque antes de conocerlos pensaba que optaron por la vida nómade y lo veía casi como algo romántico, pero luego entendí que no tienen alternativa. Dependen de sus animales para abrigarse y alimentarse, y comen siempre lo mismo: carne y derivados del animal, como leche, mantequilla y yogurt, alimentos que además les aportan la grasa y el calor necesario para enfrentar duros inviernos, que en algunas zonas se prolongan por más de siete meses. En un país sin acceso al mar, con tierras tan inhóspitas que lo que no es desierto es tan seco que ningún vegetal ni árbol frutal puede crecer, y con temperaturas tan extremas que bajan de los -40oC en invierno, cada día se vuelve una batalla de supervivencia.
 
Nosotras también nos sentíamos como en una batalla, porque necesitábamos encontrar la forma de llegar al lago Kövsgöl sin nuestros amigos mongoles. Por fortuna un grupo de turistas coreanos nos acogió en su bus privado y nos llevó hasta Morön, un polvoriento pueblo en las cercanías del lago donde, gracias a las certeras mímicas de dos simpáticas hermanas, nos duchamos en el único baño del lugar, porque ninguna casa tiene alcantarillado. Con ellas compartimos una íntima ceremonia budista en la cima de una ventosa colina, cargada de sencillos rituales y coloridas ofrendas bajo el susurro de mantras, oraciones sagradas.
 
El quinto día de viaje llegamos a destino y vivimos una experiencia del pasado junto a un grupo de pastores de renos en una auténtica carpa de pieles con dos palos largos cruzados y una pluma en el centro. No tengo fotografías porque ese día quería descansar de la cámara, pero recuerdo que el interior de la carpa olía a carne y que los indios tsaatan jugaban cartas mientras bebían sangre y devoraban hasta el último hueso de un animal que, por las pieles e interiores que colgaban sobre ellos, imagino habían cocinado hacía pocos minutos. Sabía que este pueblo habitaba a cincuenta kilómetros al oeste del lago Kövsgöl en una zona de difícil acceso que descartamos por el riesgo de perdernos, y no entendía qué hacían a orillas del lago, pero me alegraba ver cómo funcionó el desafío budista de soltar el plan de viaje, porque inesperadamente llegué a ellos, acaricié las grises pieles de sus renos y descubrí que, tocando sus inmensas astas podía sentir el latido de su corazón. Luego supe que los tsaatan son una etnia en extinción y que quedan alrededor de quinientos, y mientras regresábamos a la ruta en un bus local, me sentí agradecida por haberlos conocido. En una van, que viajaba con más pasajeros que asientos, llegamos hasta Amarbayasgalant Khiid, monasterio budista donde volvimos a encontrar el silencio de la estepa mongoliana, no sin antes pasar quince extrañas horas de viaje.
 
“IKHEE” O MANANTIAL DE VIDA
 
Justo en el centro de Ulaanbaatar, que en mongol significa héroe rojo en honor a Gengis Khan, y en medio de la plaza Sükhbaatar, frente a la estatua del guerrero, conocí a Mónica, chamana chilena que venía a reunirse con Ugi y Shuree, dos mongolas de veintitantos años cuyo atractivo era que, teniendo profesiones y formando parte del pequeño lado moderno de Mongolia, le dedicaban un espacio importante al chamanismo.
 
Participé de masivas ceremonias en una gert en las afueras de la capital a las que llegaban familias con niños enfermos y personas con los más variados problemas. En uno de los estados de trance Shuree recibió el nombre espiritual de Mónica y se produjo un momento muy íntimo mientras ella repetía: “IKHEE”, y mi amiga chilena se emocionaba al saber que significaba “manantial de vida”. Desde el principio me impactó la profunda transformación que tuvo Shuree cuando se puso su traje, botas, collares, y cubrió su rostro, se sentó de espaldas y comenzó a tocar el Tuur, tambor mongol, sacándole estridentes sonidos durante largos minutos. Cuando detuvo los golpes y se giró en silencio, llegué a sentir miedo al escuchar la ronca voz con que comenzó a hablar, que para nada concordaba con las uñas rojas de sus manos que, por más de diez horas, sostuvieron un cigarrillo. Me preguntaba cómo podía ser tan masculina sin perder la gracia femenina en lo cotidiano, cómo podían convivir esas dos identidades en un mismo cuerpo.
Mongolia nunca dejó de sorprenderme y terminó siendo ese manantial de vida del que hablaba Shuree. Durante poco más de una semana, cabalgué libremente junto a un pequeño grupo de amigos y dos sabios mongoles que nos guiaron alegremente por inhóspitas y solitarias tierras a las que se llega, exclusivamente, montando algún animal. Dormimos en rústicas gerts a orillas de lagos, y cada noche agradecí el poder sentir la vida en su estado más puro. Antes de conocer Mongolia, sentía que para alcanzar la libertad tenía que estar lejos de todo y cerca de nada. De regreso en Santiago, me doy cuenta de que el desafío es mantener vivo ese pulso y unión con la naturaleza en cualquier parte del mundo, porque entendí que esa libertad que tanto busqué afuera, estaba en mi interior. 
 

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