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EDICIÓN | Octubre 2013

Achaques con Historia

por Montserrat Salvat, coordinadora escuela pedagogía de educación Media en Historia y geografía, facultad de ciencias de la educación, Universidad San Sebastián
Achaques con Historia

Las enfermedades también moldean la identidad de un pueblo y sus espacios. Hace un siglo y medio, producto de dolencias virtualmente incurables, se fue armando un tejido de instituciones destinadas a prevenir, tratar y despedir a los pacientes; gran parte de ellas, alejadas de los centros poblados para evitar contagios y pestilencias. No es de extrañar que se concentren en unas pocas cuadras, que hoy conforman importantes elementos del patrimonio sanitario de la capital.

Por pavorosas realidades como tuberculosis, peste, cólera, tifus o sarampión, nuestros antepasados fueron aprendiendo nuevas costumbres en el aseo personal y del hogar; prácticas, como las
vacunaciones obligatorias y nuevas obras públicas, como el alcantarillado. La ciencia médica de la época se ve influida por la corriente higienista, es decir, confía en la depuración del ambiente, ciudades, viviendas y cuerpos para combatir la mezcla mortal de hacinamiento, suciedad y desnutrición que disparaba los contagios.
 
Por eso, no es extraño que para los primeros lazaretos, hospitales, centros de acogida de desvalidos, escuelas de salud y el cementerio, las autoridades de la época hayan mirado hacia el norte de la capital, particularmente en las actuales comunas de Santiago, Recoleta e Independencia.
El Hospital San Juan de Dios es el más antiguo de Chile, pues fue fundado por el mismo Pedro de Valdivia en 1552, llamándolo Nuestra Señora del Socorro. Posteriormente cambió de administración y quedó en manos de la orden hospitalaria San Juan de Dios. Claro que de ese inmueble emplazado en la actual Alameda (altura calle San Francisco) nada queda, porque desde 1954 funciona frente a la Quinta Normal.
 
Era común en esos años que religiosos y religiosas se hicieran cargo de los cuidados de los enfermos. Cursaban estudios formales en las pocas instituciones que existían, como la Universidad de San Felipe o, posteriormente, el Instituto Nacional o creaban albergues para los contagiosos.
Por ejemplo, el Hospital San José, en manos de las hermanas de la Caridad, debió acoger a enfermos de tuberculosis que abarrotaban las camas de otros centros. Según los estudios de ese entonces, los pacientes debían recibir un tratamiento sobre la base de aire y sol. De ahí que sus cubículos miren hacia el oriente y se hayan espaciado con pasillos amplios. Ese antiguo nosocomio resguarda hoy, entre otras, a la Unidad de Patrimonio Cultural de la Salud, dependiente del ministerio de esa rama. Dicha entidad publicó, en 2011, dos didácticas guías para conocer estas y otras obras, en un recorrido a pie por la ciudad.
 
En calidad de monumento nacional se conserva el convento y la hermosa capilla de El Buen Pastor, proyectados por el arquitecto italiano Eusebio Celli —el mismo de la Recoleta Dominica— y construido a partir de 1862 con el propósito de acoger a mujeres vulnerables o abandonadas y rehabilitarlas. El edificio sufrió abandono, deterioro y robos. Desde 1982 funciona allí un hogar de ancianos de la Fundación Las Rosas.
 
En las cercanías también se erigió el Hospital Siquiátrico, conocido por esos años como Casa de Orates, que recibía a “enajenados, antisociales, alcohólicos e internos en rehabilitación”. El complejo diseñado por Fermín Vivaceta, en 1858, en Avenida La Paz, debió ser refaccionado luego de un incendio en 1946.
 
Otro hospital, San Vicente de Paul, cobra vida con fondos y esfuerzos de colaboradores de esa orden, cuando los contagios hacían escasos los centros de salud. Este cambió de nombre y facultativos, al actual hospital José Joaquín Aguirre de la Universidad de Chile, que de sus dependencias originales conserva la capilla.
 
Numerosas instituciones se pueden agregar a esta historia y lugar, como la Escuela de Salud Pública, el Instituto de Higiene o el Servicio Médico Legal. Por eso, la consecuencia natural fue establecer ahí mismo los cementerios, al cumplirse la doble condición de encontrarse alejado de los núcleos habitados y cerca de los sanatorios que entregaban los cadáveres.
 

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