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EDICIÓN | Octubre 2013

Plenitud

Loreto Varela, profesora de biodanza
Plenitud

por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.

Llegó a la escuela del gestor de esta disciplina, el psicólogo Rolando Toro, invitada por una amiga y por esas “causalidades” de la vida se convirtió en facilitadora de esta técnica. Hace catorce años, Loreto Varela se dedica a entregar las herramientas para crear espacios de conexión con uno mismo, con los otros y con el entorno. Este ha sido su gran desafío. Un propósito que a través de la biodanza, permite alcanzar un estado tan propio de nosotros y que muchas veces lo buscamos afuera: sentir alegría de vivir. 
Siempre soñó con vivir en el campo, con una familia numerosa y una mesa repleta de gente. Y así fue, emi- gró desde Santiago a Linares, aprendió de las hierbas medicina- les, a hacer masajes curativos e hizo su
propia huerta. Allí tuvo a sus cuatro hijos — un hombre y tres mujeres—, con quienes, después de varios años se trasladó a la isla de Chiloé. Su proyecto de vida autosustentable tuvo su culminación cuando los niños dejaron de serlo y debió buscar, para ellos, mejores oportunidades de educación.
 
Una amiga la motivó a trasladarse a La Serena y fue ella, también, quien la instó a conocer la escuela de biodanza de Rolando Toro. Y es en este capítulo donde la vida de Loreto Varela (52) toma un vuelco inesperado. No estaba en sus planes, tampoco lo soñó y, más aún, nunca pensó que en ese entonces, a los treinta y nueve años, encontraría en la biodanza el refugio y centro de su vida.
 
¿Cómo te relacionas, por primera vez, con la biodanza?
Cuando llegué a La Serena, hace ya veinte años, recibí esta invitación de mi amiga para conocer la escuela del gestor de la biodanza, Rolando Toro. Para mí era muy difícil darme este espacio, porque trabajaba y vivía sola con mis hijos. Finalmente me decidí y fui. Cuando Rolando me vio, me dijo: “tú serás una gran facilitadora”. Yo le expliqué que no podía y me ofreció una beca.
 
¿Cuánto tiempo estudiaste?
Las clases eran en Santiago, así que durante dos años viajé dos veces al mes. Fue maratónico, me iba el viernes y regresaba el domingo en la noche.
 
La biodanza era desconocida para ti, ¿qué te motivó a aprender?
Marcó una etapa en mi vida muy importante. Lo primero fue la relación con Rolando. Él se convirtió en mi consejero, terapeuta, amigo, profesor y un ejemplo de vida. Rolando murió en el 2010, a los ochenta y nueve años. El haberlo conocido fue maravilloso.
 
¿Encontraste en la biodanza lo que buscabas?
Así es. Cuando llegué a la escuela me encontré con una Loreto que no conocía. Me di cuenta de todas las emociones contenidas. Todo lo que hacía era trabajar por mis hijos, entonces esto era un espacio, solo para mí. Después aparece esta segunda parte, que es la de ser facilitadora. Esto fue un mundo nuevo que se abrió para mí y hoy lo sigue siendo.
 
¿A qué te refieres con facilitadora?
El título es profesora de biodanza, pero considero que uno es facilitadora más que profesora. Lo que hacemos es favorecer un proceso, un encuentro o una expresión. Uno hace posible que las personas sientan, descubran, se acerquen. Facilitar un espacio de conexión, para que la persona se encuentre consigo misma y desde ahí, pueda vivir su entorno... su vida. Este es un camino de auto descubrimiento.
 
¿Qué cambios se experimentan con la biodanza?
Hay muchas cosas que creemos que son propias y no lo son, por ejemplo, formas, gestos, palabras, elecciones. Con la biodanza logramos percibir que esto no es lo que queremos para nosotros. Hay personas, incluso, que parten cambiando la decoración de su casa, porque se dan cuenta de que no es lo que les gusta. La biodanza permite cambios a través de un proceso y, como decía Rolando, logra una profunda renovación biológica corporal.

 
REENCUENTROS
 
La biodanza abrió a Loreto puertas insos- pechadas. Hace clases a un grupo de adultos mayores, todas las semanas y a otro de diferentes edades. Constantemente está ofreciendo cursos y retiros de varios días, orientados a diversos temas; es también, terapeuta floral y hace siete años realiza un taller anual para parejas, con una técnica propia que facilita el reencuentro, siempre utilizando, como metodología, el arte de esta disciplina.
 
¿Es fuerte el cambio de ser alumna a profesora?
Ambas instancias me gustan. Siempre busco los espacios para potenciar mis procesos de formación y participar en talleres grupales, pero, sin duda, el cambio más potente fue cuando comencé a hacer clases. Ahí sentí que tenía una gran oportunidad, porque me encanta y siempre ha estado relacionado con mi vida.
 
¿Te empoderaste?
Absolutamente. El hacer clases fue para mí la transformación. Me rearmé, fue como un reciclaje y tuve, con esto, la gran posibilidad de mostrarme.
 
¿Y qué buscas provocar en los talleres de parejas?
La invitación es a darse un tiempo. A mirarse, a sentirse. No es un taller de conversación, el espacio es para danzar, jugar, crear, reírse, tocarse. Es un encuentro de varias etapas, durante un día. Mi labor acá es facilitar la convivencia.
 
¿Qué otros talleres realizas?
Comencé hace poco a dar un taller de integración afectiva para la familia y donde participan los papás con sus hijos. También hago retiros en Pisco Elqui para dos grupos. Uno es para cualquier persona que quiera compartir este espacio y no importa si tiene experiencia en biodanza y, el otro, es un taller de profundización, para personas que llevan más tiempo practicándola. A fines de octubre, ofreceremos un taller personalizado que dura varios días y se llama “Cuatro elementos”.
 
¿En qué consiste?
Es un trabajo orientado para que la persona desarrolle algo que no ha podido realizar a través del tiempo y esto se expresa en un elemento. Por ejemplo, si una persona en la vida ha sido muy apasionada, energética, con mucho power y fuego, muchas veces es porque le falta afectividad o empatía y no se da el tiempo para escuchar o preocuparse del otro. Esta persona necesita trabajar el elemento agua, ya que tiene relación con los sentimientos. Lo que hago es posibilitar que esta persona pueda vivenciar esta carencia, a través de la biodanza.

 
ALEGRÍA ENDÓGENA
 
Frente al pudor de la gran mayoría de las personas que se inician en la biodanza, Loreto afirma que es un proceso metódico, requiere de varias etapas y el avance es gradual. “Para la persona que llega por primera vez a biodanza no es fácil, porque cuesta mirarse a los ojos, tener contacto con otros o danzar solos en el centro. Yo evito hacer esto en las primeras clases, pero el desafío para el facilitador es demostrar que con el tiempo sí es capaz”.
 
¿La inhibición es muy común?
En un grupo de inicio, sí es común. Ahora, la inhibición la traemos desde la infancia y queda ahí guardada, por diversas razones. En este caso, debemos tener la delicadeza de saber avanzar en la medida que esa persona sea capaz. El conocimiento es muy importante.
 
¿Qué buscan las personas en la biodanza?
Hay de todo. Lo primero, por un factor natural del ser humano, es buscar respuestas o un camino por esencia. Lo segundo, es la curiosidad que los mueve y, por otro lado, están las personas que necesitan
un salvavidas porque están pasando por momentos complicados o por una situación crítica. Esto permite a muchos estar más permeables a recibir y a aceptar.
 
¿Y qué efectos provoca finalmente?
Lo que les pasa a todos y de manera casi inmediata, es sentir alegría de vivir.
 
¿Cómo se logra ese estado?
Es una conjugación de todo. Lo primero y que no todos sabemos es que la alegría está en nuestro cuerpo... no está afuera. Química y biológicamente tenemos la posibilidad de sentir alegría. Si repetimos este estado y nos sentimos felices por cómo somos, logramos la plenitud. La biodanza tienen tres conexiones fundamentales: la conexión personal, con los otros y con la naturaleza. Esto es disfrutar de mí, de los demás y del entorno.
 
¿Y los chilenos somos felices?
Yo diría que no mucho, porque el mensaje que se transmite es lo que “debes hacer” para ser feliz y que esto está fuera de uno. En definitiva que, para ser feliz, tienes que conseguir algo o a alguien y la verdad es que es mucho más simple. Con el movimiento liberamos endorfinas, serotoninas y nos sentimos mejor, y esto se logra a través del cuerpo... movernos nos hace sentir más felices.
 
En lo personal, ¿qué satisfacciones te ha dado la biodanza?
Es mi vida. Es mucho más que un trabajo, es mi centro y mi refugio. El que las personas estén conmigo, me ha hecho ser lo que soy y se los agradezco siempre.
 

“La biodanza permite cambios a través de un proceso y logra una profunda renovación biológica corporal”.

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