Calle San Martín, entre Gamero y O ́Carrol, pleno centro de Rancagua. Ni un cartel, ni una señalización; solo una puerta antigua de madera y cristal, y una angosta fachada con dibujos de enredaderas y el número 534 estampado en fierro. Se abre la puerta, y a lo lejos se ve otra. Primero hay que recorrer un largo pasillo, típico de las casas antiguas, y es que data de 1920.
El techo de este pasadizo tiene varias lámparas que iluminan las paredes estrechas suavemente, que están pintadas de rojo, blanco y tienen algunos espejos tipo mosaicos. La segunda puerta, se abre de par en par, y es después de esta en donde empieza la magia: el recibidor está compuesto por dos sillones con forma redondeada y respaldo alto. Ambos tapizados en distintos géneros llamativos. Las paredes de este sector se pintaron a rayas con colores de la gama de los verdes y morados. Además, hay cuadros y fotografías de rostros femeninos, paisajes, y un óleo con la figura de una mujer mapuche. “La mayoría de las cosas que se ven acá son recicladas de eventos que he hecho y maquetas que realicé para decorar restaurantes, casas y tiendas en Santiago. También hay muchos recuerdos familiares”.
El piso de todo el lugar es el original: entablado de roble. Las paredes son de adobe y para unificar todo el lugar, Joaquín derribó dos, pero dejó a la vista los cimientos de madera. Lo mismo hizo con el techo, retiró el cielo falso con la idea de que se viera el barro mezclado con los ladrillos y los durmientes de raulí. La arquitecta fue Lorena Estai, directora del Colegio de Arquitectos de la región del Libertador.
El lugar, en general, se ve colorido, con objetos inusuales, donde se mezcla lo moderno con lo antiguo, y lo clásico. Luego del recibidor, hay un espacio compuesto de tres mesas redondas. Aquí, tras una ventana, se puede ver cómo trabaja Macarena Figueroa, cuñada de Joaquín y chef internacional del Culinary. Es por este agujero que van saliendo los platos para que los camareros se dispongan a servirlos.
A la izquierda, un área más privada, en donde se dispuso un comedor con una gran mesa de campo y sillas, que eran de la abuela del dueño del lugar. Aquí destaca una pared que está compuesta por distintas imágenes, óleos, iconografías, retratos, de distintos formatos y técnicas. En la otra, una gran obra hecha por Bravo: un cuadro gigante de forma redonda realizado con un mantel de hule adherido a un cholguán, y que tiene dibujos de rosas y otras flores en un rojo profundo con fondo esmeralda.
Adelante, la barra, hecha completa de palets, y una cubierta de madera que era parte del antiguo placar del abuelo de Joaquín. Atrás, un mueble también armado con palets para disponer los licores. Delante del bar, otra área con una mesa de comedor estilo normando y sillas. En la pared, recuerdos familiares y juguetes antiguos. Al frente, un puf con forma de corazón y tapizado con chaquetas de militar, hecho para una exposición que Joaquín presentó —junto a su socio y arquitecto Gino Falcone— en la galería de arte Patricia Ready. Atrás los baños, en donde destacan las puertas compradas en demoliciones y otras rescatadas de la misma casa, y dos muebles vitrinas con antigüedades y otros. En este sector el piso es de cemento, pero deja entrever algunas de las vigas que se reciclaron del techo.
Más allá, otra puerta, de madera y vidrio, da hacia la terraza: grande y espaciosa, con sillones celestes y negros de capitoné, una gran parra a la que se le colgaron distintos géneros Ikea, árboles frutales entre medio de espejos, floreros, mesitas, antiguas máquinas de coser, y en las paredes toda clase de objetos colgados: cuadros, tenedores, y hasta cajones de frutas dispuestos como repisas. Llama la atención que todo está en su contexto normal, no se gastó un peso en artículos de decoración ni tampoco en restaurar algún mueble. “Lo que quise fue hacer un lugar diferente, atrevido, disponiendo cosas que usualmente la gente no mezclaría para hacer este tipo de locales. Yo diría que Tara es como una escenografía teatral”.
LA RETRIBUCIÓN
Después de vivir solo por trece años en Santiago y haber decorado los mejores restaurantes, como el de Coco Pacheco, De Cangrejo a Conejo, y el Boudoir, entre tantos otros, Joaquín decidió que era hora de volver a su ciudad natal, en donde están sus padres: Rancagua. Así que hace poco menos de un año, se radicó aquí ya con la idea de armar su propio proyecto. Entonces recordó la casa patronal —de 1920—, en donde habían vivido sus abuelos, y que llevaba diez años en completo abandono. La casa posee quinientos metros cuadrados, de los cuales trescientos ochenta son parte del restaurante, y los otros pertenecen a dos locales que se arriendan. “Decidí que era el momento de tomar la casa y crear Tara como herencia en vida para mis padres, como un regalo que yo les quise hacer en retribución a todo lo que ellos han hecho por mí”.
¿Por qué el nombre Tara?
Es en alusión a la película Lo que el viento se llevó, la que vi por primera vez en esta misma casa, y la que ha marcado mi vida: hay una escena en donde Scarlett O`Hara decide volver a Tara después de todas sus aventuras. Eso es lo mismo que yo siento ahora; volví a Rancagua a mi familia, a mis raíces.
¿Cómo defines el estilo del restaurante?
Casero, muy familiar, con muebles antiguos pero que quiebran de pronto la visión con macetas, flores y objetos de decoración que nunca antes uno pensaría que pudiesen verse bien. Hay algo de kitsch, porque me gustan los colores llamativos, pero mi propuesta personal es muy teatral, es una escenografía. Creo que es lo que le falta a los restaurantes: entregarle a los comensales una historia, una propuesta cálida y exagerada en la mezcla de elementos.
¿Qué es Tara Tapas&Bar?
Un lugar insólito. Que tiene mucho que ver con la tendencia europea de crear ambientes en sitios nunca antes imaginados: bajo puentes, galpones olvidados. Me encanta que Tara esté en San Martín, pleno centro de Rancagua. Siempre he sido un transgresor de los paradigmas. La gente ha perdido la esencia de los centros de las ciudades, pero no porque lo ha querido, sino porque se lo han impuesto. Las grandes construcciones siempre se piensan para la periferia, pero aquí lo hacemos todo al revés.
¿Cuál es la apuesta para la gente?
La idea es que la gente se sienta en una verdadera casa. Y compruebe que con el reciclaje uno puede generar maravillas, transformar espacios grises en coloridos con simples objetos que cuestan cero peso. Por otro lado, mi idea es que las personas se sorprendan, porque por fuera no hay nada, y de repente entras a un local lleno de magia y exquisita comida. Eso es lo mejor, el sorprender, el asombrar gratamente.