Con la primavera, llegan los colores. ¿Por qué vemos las plantas, las hojas y el pasto verdes? Porque las plantas se nutren del rojo de la luz y repelen la irradiación amarilla y azul. Amarillo y azul es igual a verde. Esta es la “Teoría del Color”.
Sir Isaac Newton, en el siglo XVII, creía que la luz era blanca. Y como hasta el siglo XX nadie subió a la estratósfera, el espectro visible de la luz para la humanidad, continuó siendo albo. Esto hasta que el físico descubrió que al pasar un haz de luz por un prisma, esta se descomponía en un arcoíris.
Pero bastó que el hombre saliera al espacio exterior para que comprendiera que el espectro de la luz es invisible, pero que esta al chocar con la materia disminuye su velocidad y se vuelve perceptible.
Asimismo, Chevreuil descubrió la “pigmentación”: el comportamiento de la luz al chocar con el pigmento o color propio del objeto, irradiada desde el mismo. Chevreuil se dedicaba a teñir sedas y lanas para realizar “gobelinos” en el siglo XIX. Así comprendió que había colores que vibraban unos junto a otros. Que el rojo vibraba con el verde, entre otros, y que juntos, al difundirse, producían lo que entendemos por color asimilado a la temperatura, es decir, aquellos que conocemos como más fríos y los cálidos.
La “Teoría del Color” fue la que usaron los pintores impresionistas. Desde ahí que esta hipótesis cubre dos aspectos: que la resta de los colores de la luz da blanco y que la suma de los pigmentos daba negro. Gracias a esta tesis es que hoy podemos comprender y conocer la gama de tonalidades existentes, mezclarlas y descubrir nuevos tintes, los cuales son aprovechados por todo tipo de artes.