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EDICIÓN | Octubre 2013
Magna carta, holy grail Jay-Z
¿Cuándo la música se transforma en una empresa?, cuando la hace Jay-Z, ¡qué duda cabe! Al menos, este rapero con suerte es un compositor dedicado y claramente un productor fanático, quien con Magna Carta nos presenta ya su décimo segundo álbum de estudio. Atrás han quedado las influencias casi familiares de Marvin Gaye y Donny Hathaway que le inspiraron en sus inicios, allá por los noventa, cuando con Reasonable Doubt (1996) y los tres volúmenes In my lifetime (1997 a 1999) estuvo más cerca del soul. Y aunque el propio Jay-Z proclame su afición por el estilo, otra cosa muy distinta es que lo domine.
 
Y es que el marido de Beyonce Knowles es, ante todo, un hombre contemporáneo, que capta las tendencias y hasta en cierta manera las impone. Algo así es lo que sucedió con The Black Album (2003) y American Ganster (2007), verdaderos reflejos de época, aunque las críticas no siempre coincidan con la recepción del público.
 
Las mutaciones musicales y estilísticas de Jay-Z son de agradecer. Si hubiere seguido siempre haciendo lo mismo, seguramente, nadie lo soportaría. El ritmo es, claramente, una de sus mayores virtudes; aunque no se pueda pedir demasiado a las letras y la instrumentación no pase del estándar al que nos tiene acostumbrados el mundo del hip-hop. La innovación de Magna Carta es, sin duda, Holy Grail que ha catapultado el álbum a la cuarta posición de Billboard y lo ha mantenido en la sexta por ya once semanas. El disco aparece después de cuatro años, tras The Blueprint 3 y constituye, en términos generales, un salto adelante en cuanto a madurez y estilo. Podrá ser un producto comercial más pero, al menos, está hecho profesionalmente.

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