Qué lindo hablan los poetas! Hasta lo más usual, en palabras del poeta, se transforma, se llena de belleza. En septiembre, Andrés, el Duende, abre su baúl mágico y nos dice:
“Septiembre nace con las banderas, el cielo es entonces una vasta fragua de colores. Las banderas recuerdan un oleaje. Septiembre podría competir con un millón de pájaros: ¡tantas alas tiene!...
El “18” se espera todo el año. Con septiembre empieza la Primavera, que aparece detrás del último ¡Viva Chile!, detrás de la sombra de las banderas rezagadas, detrás de la estela de música de las “ramadas”. Parece que el “18” fuera número mágico: cuando rojea en el calendario, septiembre restaura el verde y los árboles empiezan a acicalarse; la naturaleza se cubre de alegre sensibilidad y hasta los rostros muestran una plenitud de savias que avanzan”.
Veamos: Si pensamos en nuestras Fiestas Patrias, vienen desde siempre los recuerdos de empanadas, cuecas, ramadas. Nos parece sentir aromas, sabores, sonidos. Sabella dice:
“La empanada, con su apariencia de señora gordita, es un plato chileno de elocuentísima cordialidad. A veces diríase que concentra, íntegramente, el espíritu de nuestra gula. La empanada exige un ritual de cocina imposible de ignorar por una “buena dueña de casa”. Compuesta de “masa” y de “pino”, equivale a una joya del arte culinario nacional. Presenta su exterior de tibieza y suavidad de una barriga de niño sano y querido.
Cuenta la empanada con respetable biografía: ya la comió, en su cautiverio de 1629, Francisco de Pineda y Bascuñán, junto al cacique Maulicán. La empanada es una señorita de traje ceñido. En ocasiones pensamos que es una monja juguetona que trae escondidas, bajo sus polleras áureas, varias galas del cielo: aceitunas, cebollas, huevos, trozos de carne…
Para amasar empanadas se necesita “tener mano”; si no se es dueño de livianura de pulso, de cierta misteriosa virtud, solo se conseguirá una caricatura de empanada.
Durante las fiestas populares, la empanada ocupa sitiales de honor y debe remojarse en vino tinto para que el agrado estalle en vibración de salud”.
Insisto: los poetas dicen todo en bellas palabras, interpretan nuestros sentimientos: hacen una venia y desde su chistera fluyen metáforas, poemas, estrofas. Sabella nos habla de la cueca:
“La cueca es un remolino vital. Baile de alegría y de salud. Cada “pie” exige un combate de gracia, donde los bailarines giran llenos de banderitas y de “huifas”. La cabeza se deshace en el desorden del pelo, las manos se estiran a estrellas y el pañuelo flamea en llamas”.
Y, por qué no, también nos habla de los juegos populares, aquellos de nuestra niñez, cuando no teníamos joystick, ni otros juegos que hoy atrapan a nuestros niños:
“Yo tuve un hermoso trompo, que huía de mi diestra como un pájaro en cuyas alas hubieran volcado su locura todos los vientos.
Era grandote y bizarro. Lo vestían colores vivísimos y podía imitar, perfectamente, a un danzarín que bailase ciego por sus propios sueños. Cuando caía en tierra, era un minero afanoso por hacer una inmensa herida y extraer de ella oro, oro, oro.
Lo conservé por muchos años, como si en sus contornos se hubiese quedado adherida mi infancia. Y el día que lo pedí, como tantas otras cosas, me pareció que algo de mí había sido tragado por un ser cruel y despiadado: algo que me permitía la sonrisa y la alegría abierta de un tiempo en que yo era el dueño de todas las rosas del jardín.
El fantasma de mi trompito aún gira en mi corazón…”.
“También jugué yo con volantines: aprovechaba el viento del mar, en una playa donde las gaviotas raspaban sus alas para mantenerla blanquita y acogedora.
Contra un cielo límpido, donde jamás gruñía el invierno, garabateaban mis volantines sus caprichos.
El mar hacía coro a mis gritos: era mi compañero de guardapolvo azulejo. Y creía poseer infinitos corazones. Y, cuando encumbraba un volantín, pensaba, seriamente, que uno de mis corazones salía de paseo por el cielo”
Por eso, si quieren llenar su vida de belleza, lean poemas. En septiembre y todo el año. ¡Viva Chile!