Si la vida te da un golpe, tienes que estar preparado y nunca bajar la guardia”, es una de las frases que refleja el espíritu indomable de Paloma Bustamante, profesora de educación física y boxeadora.
Sabe que su deporte es poco tradicional y que está rodeado de prejuicios, pero lo que aprendió en el mundo de las artes boxeriles fue mucho más que “pegar un par de combos”. Esta disciplina requiere mucha concentración y disciplina y ella lo sabe bien. Empezó a los dieciséis años y aunque nunca había hecho deportes por una errada indicación médica, decidió que iba a recuperar el tiempo perdido y que desde ese momento en adelante jamás iba a bajar los brazos.
“Me decidí por el kick boxing porque durante muchos años mi médico me dijo que, tarde o temprano, terminaría en silla de ruedas por una pequeña malformación. Estuve toda mi infancia viendo a mis compañeros correr y saltar y ya tenía dieciséis años. Sentí que me quedaba poco tiempo para hacer deportes, así que quería algo intenso. Junté plata durante muchas semanas para inscribirme en el gimnasio y ahí encontré como una segunda casa. Marcó mi vida”, nos cuenta Paloma.
Y eso no es una metáfora. Gracias al gimnasio decidió estudiar educación física en su Valparaíso natal y fue ahí donde encontró el amor junto a su novio David Bernales, con quien se trasladó. Hoy en día sigue entrenando y es la boxeadora estrella del Gimasio Guilibaldo Hormazábal.
¿El deporte cambió tu vida?
Aprendí a reconocer en mí a una mujer fuerte. Paso a paso fui avanzando porque en esta disciplina se pone a prueba la fuerza interior, la paciencia. Tienes que aprender a caminar antes que correr. No sacas nada con dar “patadas de burro”, porque si no te paras bien, tu golpe no tiene efectividad, pierde toda la fuerza y eso te puede costar un knockout.
¿Y cómo viviste ese proceso de cero deporte a la perseverancia de las artes marciales?
Soy muy tozuda y cuando se me pone algo entre ceja y ceja trabajo sin cansancio. Miraba a mis compañeros y me daba envidia la fuerza que ellos tenían. Pero sabía que tenía la misma capacidad que los hombres y estaba dispuesta a demostrarlo. Yo era la única mujer y pesaba cincuenta kilos, era como la mascota del gimnasio. No podía hacer flexiones de brazo, no podía levantar mucho peso... así estuve como un año, dando bote, pero me convencí a mí misma que esto no me la iba a ganar. Después empecé de a poquito a pegar más fuerte, crecí y la “flacuchenta” se ganó un lugar.
¿Era un desafío personal?
A mí lo que me interesaba era pelear bien y ser buena. Con el tiempo me empecé a dar cuenta de los resultados, ya estaba pegando fuerte y cuando me tocaba pelear, me defendía de igual a igual.
¿Cómo entrenabas con tus compañeros?
Al principio les incomodaba pegarme. De hecho, apenas me tocaban, pero igual que con los niños chicos les decía “pego más fuerte que tú”, para entrenar de verdad. La primera vez que me llegaron combos fuertes, decía voy al baño y me ponía a llorar, por una mezcla de miedo y nervios, pero nunca demostré debilidad. Era parte del entrenamiento y tenía que estar dispuesta porque si quería ser profesional, en algún momento alguien me iba a pegar y debía estar preparada.
¿Intentaste con otros deportes?
Un par de veces, pero no pude.
¿Y qué pasó con el diagnóstico médico?
Resultó que a los dieciocho años ya no me dolía nada y no tenía ningún problema. Como siempre me estaba controlando, fui donde otro especialista y me explicó que lo que yo tenía era reversible y que se quitaba con los años. Lamentablemente, no desarrollé ciertas habilidades que se aprenden a los seis o siete años. No te digo las vergüenzas que pasé en la universidad, porque al entrar a estudiar educación física yo no sabía hacer ni la voltereta. Tuve que empezar de cero; lo único que sabía era pegar combos y patadas. ¡Hacía la invertida apoyada en la pared! Pero a esas alturas ya estaba enamorada del deporte y no me iba a rendir. Llegaba a la universidad a las siete de la mañana a entrenar.
¿Seguías ligada a tu gimnasio?
Nunca me fui del gimnasio y aunque a veces no me daba el tiempo, pasaba a ver a mi profe Hugo Campos, del gimnasio Campos de Valparaíso. Él es un hombre muy bueno, un hombre espectacular, me enseñó muchas cosas. Para mí es un segundo padre, mucho más que un maestro, porque con él no se aprende solo a pelear, sino además a enfrentar la vida.
¿Es importante aprender a superar el dolor?
Ganar una pelea es el resultado de un trabajo constante, de dolor y de moretones. Podría dejar de entrenar y quizás andaría feliz por la vida, pero me faltaría algo.
¿Cómo se aprende?
Siendo perseverante. Al principio, cuando un compañero me pegaba fuerte, me enojaba y no quería entrenar más con él, pero de a poco te vas acostumbrando y entiendes que en los entrenamientos es normal que te peguen, estás ahí para eso y la gracia es aprender a esquivarlos, a devolverlos.
Debe ser difícil que los hombres asuman que una mujer les pegue más fuerte...
No falta el que se enoja, pero cuando conoces a tus compañeros, ya sabes a quiénes les puedes meter fuerza, a quiénes no, quiénes se enojan si les pegas fuerte, quiénes tienen mañas. Todo se aprende con entrenamiento y hasta los más grandotes tienen su punto débil. Se genera un lenguaje común y es en este ambiente en que hice a mis mejores amigos, conocí a mi futuro marido, decidí mi profesión. Creo que ya no podría salirme, no podría dejarlo.
AMOR EN EL RING
Capítulo aparte merece la historia de amor de Paloma. Sus coqueteos con David son dignos de contar; “me dejaste sin aire” o “me hiciste ver estrellitas” eran los piropos que intercambiaban en sus entrenamientos. Sus regalos de cumpleaños eran sacos de boxeo o guantes y el requisito para encontrar casa en el norte era que estuviera cerca de un gimnasio.
“Primero llegamos a Iquique, donde hicimos kick boxing, y después el destino fue Antofagasta, donde encontramos la escuela de boxeo de la Asociación de Boxeo de Antofagasta, que entrena en el Gimnasio Deportivo Guibaldo Ormazábal. Al principio extrañaba las patadas, pero cuando empecé a entrenar boxeo puro me di cuenta de que es mucho más técnico”, nos cuenta Paloma. “En el box tienes que estar muy despierto porque estás peleando solo con los puños, es mucho más exigente y los entrenamientos son más duros porque son los brazos, brazos, brazos, a morir”.
¿Existen muchos prejuicios en torno al box?
Siempre me preguntan“¿tú boxeas? Y tan señorita que te ves...”. Yo soy señorita con combos o sin combos. Yo trabajaba en el Colegio Divina Pastora cuando empecé a boxear y no le había contado a las monjitas, por miedo a que no lo entendieran, pero cuando les conté me apoyaron muchísimo.
¿Te da miedo?
Si no existiera el miedo, todos los que practicamos artes marciales estaríamos quebrados o molidos. El miedo te hace protegerte y en el momento de la pelea te ayuda. Pelear relajado es imposible.
¿Lloras?
Nunca en el ring. A veces me duele más de lo que esperaba, pero me voy a encerrar al baño.
LA VIDA MISMA
“Este deporte está completamente ligado a todas las decisiones que yo he tomado en la vida. Hay una frase muy usada en las artes marciales y boxeriles: no bajes los puños. Y es que hay que tener la guardia arriba, que tus manos protejan tu cara, que no te golpeen”, cuenta Paloma.
¿Quisiste bajar los puños?
Muchas veces. Cuando empecé a entrenar, cuando estaba en la universidad, cuando pasé situaciones complicadas. Pero en esos momentos surge una fuerza interior, una voz que me dice “vamos que se puede”. Cuando la vida te golpea tienes que subir los puños. Y pegar de vuelta. Para mí es una de las principales enseñanzas de esta disciplina. Si te botan, te levantas y tienes que seguir peleando.
¿Y tu familia qué decía?
Al principio estaban con ataque. Mi mamá vivía pensando que me iban a quebrar, que me iban a matar, que en cualquier momento iban a llamarla de un hospital. Pero con el tiempo han entendido que gracias al kick boxing y al box, he desarrollado más que fuerza física.
¿Sientes que eres más fuerte?
Las mujeres somos fuertes y no solo porque podemos tener hijos y somos el pilar de una familia, sino también físicamente. Las mujeres aguantamos mucho dolor, nos sacamos la cresta al mismo ritmo que los hombres.
¿Te sientes más segura?
Absolutamente. Tengo conciencia de mi capacidad de defenderme y la certeza de que nadie puede ponerme una mano encima. A menos que sea en el ring, por supuesto.
¿Y tu sueño es poner un gimnasio?
A mí me gustaría seguir con la escuela de mi profe. Si pudiera, lo traería para tener un gimnasio juntos, más que por mí, porque yo me siento súper realizada en la vida, sería para agradecer todo lo que me entregó. En mi familia siempre me protegieron y me entregaron mucho amor y confianza. Mi profe me dio el valor, la fuerza, la tozudez, me enseñó a enfrentar la dureza en la vida, nunca dejó que me rindiera. Eso no tienen precio y me gustaría devolverlo.