Desde tiempos coloniales, las sepultaciones se realizaban dentro de las iglesias o en camposantos adosados a ellas. En Concepción había varios. Se recuerda el de los jesuitas, ubicado en Colo Colo esquina de O’Higgins, bajo el actual edificio Amanecer. Había otro junto al Hospital Clínico Regional y un tercero, llamado de la Caridad, junto a la Iglesia de San José. Los militares solían ser enterrados en el de San Francisco, en calle Salas, pues se encontraba cercano al cuartel.
Bernardo O’Higgins intentó modificar esta costumbre, con poco éxito, pues trastocaba los intereses económicos de la iglesia. Siendo Director Supremo otro sureño, don Ramón Freire, ordenó, en 1823, la construcción de panteones en todos los pueblos de la república. Correspondió a su amigo, el coronel Juan de Dios Rivera, a la sazón intendente de Concepción, dar cumplimiento a la directiva suprema. Así nace, “a cuatro días de noviembre de 1823”, el tradicional cementerio penquista.
Las sepultaciones comenzaron de inmediato, a pesar de que el sitio no se limpiaba ni se destroncaba todavía. La epidemia de viruela, “que causaba en la población un estrago sin igual”, aconsejaba la pronta inauguración. Continuaron en las iglesias las ceremonias fúnebres, las misas cantadas mayores y menores, o de caridad para los pobres, pero los entierros ahora debían recorrer la larga senda que llevaba a Chepe. Así lo decían los antiguos penquistas: “me voy a Chepe, de donde no se vuelve”.
En casi dos siglos, el cementerio ha crecido y se ha poblado de hermosos mausoleos y estatuas. Mucho se ha perdido, no obstante, con los terremotos y saqueos. Con todo, no hay dudas de que el Cementerio de Concepción conserva, como ningún otro rincón de la ciudad, el legado de los antiguos penquistas que allí descansan para siempre. Pedro del Río Zañartu y su desgraciada familia, Juan Castellón, el coronel Zañartu o José María de la Cruz, cuyo mausoleo es Monumento Nacional, son algunos de los más distinguidos “residentes”. Junto a ellos, miles y miles de habitantes de otrora, muchos ya olvidados, unieron su destino para siempre al de la necrópolis penquista.
Hasta 1960, dos señoriales torres anunciaban desde lejos la presencia del cementerio. La reconstrucción del interior tardó casi una década. En 1982, el camposanto, que originalmente administraban las Juntas de Beneficencia, es traspasado por el Servicio de Salud al municipio. Este crea una corporación municipal, cuyo acrónimo es SEMCO, la cual cuida del recinto desde abril de 1983 hasta el presente.
Rumbo a su segundo siglo de existencia, el cementerio enfrenta varios desafíos. Por cierto el permanente de cautelar el sueño eterno, en un espacio digno y bien tenido, de los penquistas de otrora. Debe también completar su reconstrucción, larga y compleja, debido a la antigüedad de muchas tumbas y mausoleos. Renovado y embellecido con paseos y jardines, espera seguir albergando a quienes, en el futuro, emprendan el camino a Chepe.