En su oficina cuelgan decenas de diplomas y galardones a la excelencia empresarial, que se mezclan con fotos y certificados que lo consignan como oficial de reserva de la Armada, fotos de sus hijas, nietos y enormes frascos de perfumes que sirven para ir configurando la imagen de este hombre, padre y empresario.
Mario Moure impacta primero por su elegancia.
De impecable traje, colleras, corbata y pañuelo a juego, se muestra inmediatamente como un hombre simpático, de risa fácil y contagiosa y dispuesto a retroceder en el tiempo para ir reconstruyendo la historia de la empresa que él mismo formó hace treinta años y que hoy distribuye a varias de las más importantes marcas de lujo en nuestro país.
En la conversación hay dos nombres que aparecen constantemente y que, sin duda, lo marcaron durante su infancia y juventud: su abuela Fresia Ramírez y su tío sacerdote Mario Rojas.
“Yo me llamo Mario en honor a mi tío cura que se ordenó el año que yo nací y que era el regalón de mi abuela, lo que me transformó automáticamente en su preferido también, a tal punto que dormíamos en la misma pieza.
Ella era una mujer muy fina y extremadamente limpia: se duchaba todos los días, lo que no era tan común en ese tiempo, y era fanática de los perfumes. Sagradamente, todas las mañanas, me friccionaba con agua de colonia, lo que me transformaba en el niño más olorocito del colegio. Esa fue mi primera conexión con el mundo de los perfumes”.
EL COMIENZO
“Aunque algunos dicen que yo siempre pensé ser empresario, lo cierto es que las cosas se dieron por casualidad. Mi primer trabajo fue como ejecutivo de una compañía de distribución de máquinas de construcción. Después de eso entré a trabajar a Laboratorios Petrizzio como asistente de gerencia. Ahí conocí el negocio de la perfumería y la cosmética”, recuerda.
A principios de los setenta, la compañía lo envió a Brasil, en un viaje que inicialmente duraría tres meses. Estaba recién casado y se instaló en Río de Janeiro en una estadía que finalmente duró tres años. “Tengo los mejores
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recuerdos de esa época. No fue fácil armar un negocio en un país con costumbres diferentes, pero aprendí muchísimo. Por suerte no tuve problemas con el idioma porque soy hijo de padre gallego y la raíz del portugués es muy similar... de hecho, hasta el día de hoy me gusta ver televisión y leer libros en esa lengua. En términos de pareja fue espectacular, estábamos solos y eso ayudó mucho a fortalecer nuestro matrimonio e hicimos grandes amigos que conservamos hasta el día de hoy. Mi hija Carolina es “made in Brasil”... aunque nació acá, porque nos vinimos de vuelta cuando María Eugenia (Gómez, su mujer) tenía ocho meses de embarazo”.
De vuelta en Chile entró a trabajar al laboratorio Koni —donde se inició como Product Manager y terminó siendo gerente general— y a fines de 1982 se retiró para probar suerte como distribuidor de productos en Loreal. Pero justo en ese intertanto recibió un llamado que cambiaría su vida: Esteé Lauder estaba buscando a alguien que se hiciera cargo de sus productos en Chile. Lo pensó un rato y la respuesta no tardó en llegar: “¿Y por qué no yo?”.
Eso pasó en 1983, en medio de la peor crisis económica del país en muchos años... parecía el peor momento para fundar una empresa. Sin duda no era el mejor. Por suerte conseguí dos socios de lujo: mi hermano Eugenio y Anne Marie Jadot. Entre los tres juntamos la plata. Yo tuve que vender mi casa y mi auto.
El riesgo era tremendo...
Sí, y le agradezco mucho a mi mujer que me haya aguantado. La casa no la eché tanto de menos, porque arrendé una igual a unos metros de distancia, pero mi auto sí que lo lloré. Tenía un Mercedes Benz antiguo, maravilloso e impecable que le vendí a un vecino y siempre me acuerdo cuando salía en las mañanas a tomar la micro y lo veía estacionado... eso me dolió.
¿Qué recuerdos tiene de esa primera etapa?
Fue muy difícil porque estábamos en una época complicada. Algunos clientes grandes, como Sears o Muricy, dejaron el país. Soy un convencido de que cuando uno va por la vida de forma transparente siempre hay recompensas. Tuve mucha ayuda, clientes que había conocido en mis anteriores trabajos creyeron en mí y me compraron.
La lógica indica que en época de crisis los artículos de lujo son los primeros que la gente deja de comprar...
No es tan así. En este mercado pasa algo muy curioso, porque la gente siente que el perfume es el único lujo permitido, porque es abordable... no cambian el auto, pero se gratifican con algo más pequeño. Además, se trata de un producto aspiracional y que no agrede, es decir, no es plantarte frente al que no tiene con un último modelo, sino que simplemente oler de forma agradable.
A poco andar, Eugenio Moure se retiró del negocio para seguir con su carrera de agrónomo. Cuatro años después, y por razones familiares, Anne Marie también decidió dejar la empresa. Mario se ofreció a comprar su parte, aunque no tenía dinero. “Ella fue muy generosa. Me dijo ‘págame como puedas’ y yo estuve dos años, cuota a cuota, con mucho esfuerzo”, recuerda.
EL LUJO
“En los primeros años yo representaba “casas”, que con el tiempo fueron absorbidas por grandes grupos económicos, lo que significó que muchas veces las perdiéramos”, explica.
De hecho, Moure y Cía es una empresa chilena que compite con multinacionales... como David contra Goliat.
Para mí es como un partido entre el Barcelona y Colo Colo. La tan mentada concentración económica es un tema mundial en este sector. No me quedó otra que aprender que las marcas no eran mías...
Pero hubo partidas más dolorosas.
Sin duda, uno de los momentos más complejos que vivimos como compañía fue la partida de Estée Lauder. Después de dieciocho años trabajando juntos decidieron instalarse en Chile por sí mismos. En ese momento, representaban el sesenta por ciento de nuestras ventas... y pensé que no sobreviviríamos. Pero el proceso de traspaso se dio de forma impecable, respetando la antigüedad de los empleados, muy limpiamente. Leonard Lauder es un caballero y, por lo mismo, hasta el día de hoy estamos conectados y hacemos algunas cosas juntos.
A pesar de la tormenta, a los dos años la compañía había recuperado sus ganancias y a través de la distribución de marcas como Chanel, Hermes, Ferrari, Bulgari, Mercedes Benz, BMW, Bulgari y Tous continúan liderando la escena local.
“En este rubro nunca se respira tranquilo. Se trata de un mercado muy competitivo, Chile ocupa el décimo lugar en el mundo en cosmética y perfumería y, aunque somos un país pequeño, tenemos un retail muy demandante. Y eso nos obliga a una constante renovación”, dice.
¿En qué se traduce esa renovación?
Como las marcas no son nuestras, se van y llegan otras, decidimos crear marcas propias. La primera fue nuestra línea Les Desserts, de productos de wellness con aromas a postres franceses, como Créme Bruleé, Mousee au chocolat y Tarte Tatin. Además, a principios del 2014 vamos a lanzar nuestro propio perfume, hecho en Francia especialmente para nosotros. Y abrimos algunas tiendas Casa Moure, que hoy funcionan en Iquique y en Viña... también tuvimos una en Los Domínicos, pero nos hicieron dos ‘alunizajes’ en un mes y tuvimos que cerrar porque era un riesgo que no estábamos dispuestos a correr.
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Sin salirse del mercado cosmético...
Siempre con cosas relacionadas. Estamos lanzando la línea de anteojos pregraduados y de sol de la marca B+D, además en Iquique distribuimos la marca de bolsos y carteras Oilily. Este verano lanzamos nuestro producto solar Coco Thai y estamos trabajando en una línea de exportación de productos chilenos nativos.
EL CLAN
Moure y Cía es una empresa familiar. Muy profesional, pero muy familiar. No por nada tres de las cinco hijas de Mario trabajan con él (Carolina, Paulina y María Jesús). No por nada uno de sus hermanos es miembro del directorio y otro está en la oficina de al lado. No por nada su cuñado Eduardo García coordina el mercado externo, su cuñada Carmen Gloria está a cargo de las operaciones en el norte y la otra, Cecilia Gómez, es la gerenta general.
Su llegada, específicamente, resulta muy anecdótica. “Yo la contraté vía head hunter sin que ella supiera. Ellos hicieron una selección de las mejores candidatas y su nombre fue el primero que me presentaron. Jamás supo que estaba postulando para trabajar conmigo; de hecho, hasta me pidió poner mi nombre de referencia en su currículo”, recuerda.
¿Cómo se mantienen separados los roles, especialmente cuando se trabaja con las hijas?
Lo primero, es que ninguna de mis hijas me reporta a mí. Hemos separado muy bien el trabajo y la familia, a tal punto que mi hija mayor, cuando está en la oficina, me dice “Don Mario”, lo que claramente es una exageración... pero creo que lo hemos logrado.
¿Tener a las herederas cerca es una forma de planear el retiro?
La verdad es que he sido bien poco consecuente con la fecha de mi retiro. Siempre digo ‘trabajo hasta este año’ y acá estoy. Pero estoy seguro de que esta empresa está preparada para seguir funcionando sin mí, y hoy mi rol es más bien de orientador, el que mantiene la relación directamente con las marcas y el que lidera los cambios que estamos viviendo. Pero aunque le dedico gran parte de mi tiempo a esto, también soy subteniente en reserva de la Armada, director de la Fundación Piloto Pardo y navegante a vela. No me faltan cosas que hacer.