La primera vez que Carla entró al hogar de menores, ubicado en Agua Santa, algo le llamó la atención. Había ido acompañando a María Luisa, la menor de sus hijos, que insistentemente le hablaba de aquel lugar. En un rincón, una figura menuda permanecía quieta, aislada del mundo, ajena a la algarabía y el bullicio infantil. La cara pálida, el cuerpecito enjuto, el pelo sobre sus ojos vagabundos. Después supo que se llamaba Elisa, que tenía tres años y era ciega de nacimiento. Y también supo que era la razón por la que María Luisa nunca dejaba de ir al hogar.
Al lado de Elisa había una niña más pequeña aún que le tomaba la mano. Se llamaba Rocío y era su hermana. “Impactaba verlas juntas, porque aunque la más chica tenía apenas un año y medio, el sentimiento de protección hacia su hermana era impresionante”.
Poco a poco, Carla se fue involucrando con la historia de estas dos hermanas. Con sus carencias, con sus limitaciones. Las visitas al hogar se hicieron más frecuentes. Los abrazos, las manos en la cara, la ternura, los juegos con las niñas fueron creando lazos indestructibles.
“Cuando tomé la decisión de hacer algo más por esta pequeña fue luego de uno de nuestros encuentros. Se nos estaba haciendo tarde y Maria Luisa le dijo a Elisa que tenía que irse y que otro día la venía a ver. La niña se aferró a mi hija, llorando como nunca, con una angustia tremenda, con una pena tremenda”.
La próxima vez que fueron al hogar se llevaron a las niñas a la casa por primera vez. Al principio fueron visitas por el día, luego se alargaron por el fin de semana. “Hasta que te das cuenta que ya no hay marcha atrás, que no es posible devolverlas al Hogar, que no puedes fallarles, que ya son parte de ti”, me cuenta Carla.
¿Cómo fue el primer día que las niñas alojaron en tu casa?
Tuve crisis de pánico.
TUBO DE HIPOGLÓS
Es viernes por la mañana y Carla está sentada en el living de su casa. Una casa llena de historias y recuerdos, que fue creciendo a medida que crecía la familia. Dueña de un sentido del humor sin límites y un amor inconmensurable, esta descendiente de italianos tiene diez hijos: Ignacio (40), Gabriela (38), Sandra (37), Tomás (36), Raúl (33), Rodrigo (32), Rafael (28), María Luisa (27), Elisa (18) y Rocío (16). Tiene veintiséis nietos y otro en camino.
¿Siempre quisiste tener una familia grande?
No. Nada de lo que yo planifiqué en mi vida resultó de esa manera. A los 18 años decidí que iba a ser una intelectual, una profesional filósofa con tres hijos. ¡Y mira las vueltas de la vida! Me casé a los veinte años, cuando estaba estudiando filosofía en la Universidad Católica y fueron llegando los hijos.
“Como mamá fui lo más desaprensiva que te puedas imaginar. Mi botiquín era un tubo de Hipoglós. Yo dejaba que la naturaleza actuara.
Siempre he sostenido que la salud de mis hijos se tiene que haber debido a los cuarenta kilos de fruta semanales que consumían”.
¿Los mejores años de tu vida?
Cuando fui a España acompañando a mi marido a hacer un doctorado en la Universidad de Navarra, en Pamplona.
Fueron tres años de mucho sacrificio, pero tremendamente felices. Yo me fui con mi cuarto hijo recién nacido y allá nació Raúl (el quinto). Y aunque eran todos tan chicos, olvídate como viajábamos por Europa en camping. Fue maravilloso, además que el arte siempre fue la pasión de mi vida y para mi Europa es un museo al aire libre. Los paseos que hacíamos todos los fines de semana a los pueblos más perdidos, a los lugares más recónditos, eran de una belleza inigualable. Todos tenían algo especial. Cruzábamos a Francia por los Pirineos por el día, ¡imagínate! Y en un Seat 124 diminuto con todos los niños saltando como monos ¡y ninguno con asiento, salvo la guagua!
Dice que le costó volver a Chile y que entre la pena y el trajín del viaje, no se dio cuenta de que estaba esperando su sexta guagua. “Yo me apego a los lugares, porque es ahí donde construyes parte de tu vida, de tu historia.
Nuestro vínculo con Pamplona nunca se disolvió. Volvimos muchas veces a Europa y a España”.
¿La ciudad más linda?
Venecia.
RINCÓN DE ARTE
No se acuerda cuándo fue la primera vez en que tomó un pincel, pero sí que luego de tener a sus ocho hijos entró a la Escuela de Bellas Artes. Y comenzó a pintar. Al lado del living con vista generosa, tiene un taller cuyas paredes encierran veinte años de trabajo constante. Dice que todavía no expone, pero que no sabe si es por vanidad o cobardía. Y por mientras, decenas de lienzos con mujeres de ojos grandes y expresivos descansan por doquier, mientras otros cuadros han ido a parar a la casa de sus hijos.
“Yo no tengo talento. Hay que distinguir entre este y la vocación. A mí nada en la pintura me fue dado como un regalo, como un don. Lo que sí tengo es una gran pasión por lo que hago”.
¿Las ventajas de una familia grande?
Todas son ventajas. El hecho de venir de una familia numerosa, los hace ser generosos sin que tú les enseñes. Aprenden a estar restringidos en muchas áreas materiales, a valorar lo que tienen. Aprenden a ser tolerantes. A veces en las familias hay duplas que en un minuto dado no se pueden ver. “Que mamá, la fulanita me sacó mi polera nueva; que mamá, la sutanita dejó todo desordenado”. Llegó un momento en que mi marido me dijo que separara a dos de mis hijas de pieza, pero no quise. Tenían que aprender a vivir juntas. Y aunque tuvieron que soportarse durante muchos años, hoy en día se adoran.
¿Qué significa ser mamá?
Es una condición para toda la vida, en la que sientes que tienes que estar a disposición de los hijos en forma incondicional. Yo sigo apoyándolos aunque estén casados. Es un compromiso para siempre.
¿Qué no volverías a hacer?
Muchas cosas. Cuando la gente dice “no me arrepiento de nada en la vida” lo encuentro la necedad, porque eso significa que todo lo que has hecho ha sido perfecto y no es así. Hay muchas cosas que no debería de haber hecho y que las hice igual y esa perspectiva te la dan los años y la experiencia. De los arrepentidos es el reino de los cielos, ¿no?
¿Tu apoyo en momentos difíciles?
He tenido varios bastones en mi vida. He tenido muy buenas amigas.
¿El mejor consejo?
El que no se da. Prefiero el tratamiento de shock.
EN FAMILIA
Luego de un largo y difícil proceso de adopción, que duró tres años, llegaron las pequeñas hermanas a la casa de los Ochoa Capelli. Carla había decorado una pieza que, en un principio, había estado destinada a ser su taller. Pero las circunstancias dijeron otra cosa y fue ocupada por dos niñitas revoltosas y alegres, que habían encontrado el amor incondicional de una familia.
¿Cómo son Elisa y Rocío?
Elisa es mi penúltima hija. Es sociable, de muy buen carácter y tiene una voz privilegiada. Como nació ciega tuvo que estudiar en una escuela especial primero y hoy está en cuarto medio en el colegio Albamar. Paralelamente, estudia canto y piano en el Conservatorio Prokofiev de Viña. Lo que más le gusta es cantar y chatear. Rocío es mi hija menor, es regalona y demandante. De ella recibo un amor a toda prueba.
¿El orgullo más grande?
Mis hijos y el haber sido capaz de sacar un familión adelante. Lejos de ser una tarea cumplida, es una tarea hasta el final de mis días.
La casa está llena de fotos familiares. Hay postales en el campo, en la playa y de los campings que siguen haciendo todos los veranos en el sur. Todos juntos, todos unidos, como Carla les enseñó.
¿Qué ha sido lo más difícil?
Cuando mi marido se fue de la casa, luego de treinta y siete años de matrimonio. Hay un refrán que dice “lo que no te mata, te fortalece” y por Dios que es cierta.
¿Un día perfecto?
En esta casa no hay formalidades de ningún tipo, todo se habla sin restricciones, así que mucha conversación con mis hijos, una buena comida y unas cuantas horas pintando.
¿Tus libros de cabecera?
Los creadores de Daniel J. Boorstin y Filosofía del arte de Hipólito Taine
¿Qué te relaja?
El Ravotril (se ríe) y pintar con buena música.
De la cocina llega un olor inconfundible. Son las lasañas que Carla prepara hace ya quince años y por las que se ha hecho conocida, además de por su singular historia de vida. “El culto por la buena mesa viene desde que tengo memoria. Siempre me ha gustado cocinar en grandes cantidades y para muchos, ‘a la italiana’, con una buena cuota de improvisación”. Tal como su vida.