La segunda mitad del año se divide en antes y después del “18”. Algunos afortunados reciben un aguinaldo, salen ofertones: de créditos, viajes, parrillas, bebidas... Pero salvo transformarnos por
setenta y dos horas en huasos y chinas virtuales, carnívoros y empanado-adictos, elevadores de volantines, es pertinente revisar a la salud de quién se brinda en esta fecha.
Probablemente, a la Independencia, no. Porque ese 18 de septiembre de 1810 nadie dio ese grito. Al menos ninguno de los hombres que proclamaron la primera junta de gobierno local, y al mismo tiempo juraron lealtad al monarca español, que no podía tomar los asuntos de las Américas en sus manos por encontrarse cautivo del francés Napoleón.
No existe ni por asomo la intención de agotar en estas líneas la discusión entre los historiadores sobre si la Independencia nacional fue un proceso o una reacción a las circunstancias de la época. El punto es que, llegados a la vida republicana, el “18” no era considerado como la única fiesta que celebraba el carácter típicamente nacional.
Como recuerdan los estudiosos de este período, había al menos dos efemérides que se repartieron el sentimiento patriota. Por una parte, estaba el 12 de febrero, que conmemoraba la batalla de Chacabuco, de 1817. Pero también estaba el triunfo del 5 de abril del año siguiente, en Maipú, que sella definitivamente el fin del dominio político español.
Es a fines de la década de 1840 que se instituye a septiembre como la fiesta nacional, cayendo en desuso la celebración y conmemoración de los otros dos hitos, al punto que hoy, solo aparecen en los manuales escolares.
También la forma de festejar ha sido objeto de polémica. Hoy y ayer, cundía cierto desenfreno que espantaba a las élites y autoridades. Envalentonados por la chicha y el pipeño, varones y crecientemente las féminas caían en actos ridículos y hasta vergonzosos para los estándares de la época. Desórdenes y peleas de borrachos llevaron a clausurar o reubicar los lugares de festejo. Se gastaba hasta lo que no se tenía para estrenar tenida nueva o emperifollar la pilcha vieja, viajar a Santiago — epicentro del jolgorio— y consumir delicias campestres. Claro que en esa época no era necesario invertir en un traje de huaso o de “china”, pues la parte urbana de la capital era todavía muy reducida.
La gente concurre en masa, en coche, a pie o en carreta al parque Cousiño —hoy O’Higgins—, donde se ubicaban las chinganas, donde se instalaban mesones con chuicos de vino o chicha, rodeados por toldos y palos: las fondas y ramadas. La capital hierve de actividad esos días, se hacen carreras de caballos, en el cielo refulgen fuegos de artificio y los más jóvenes elevan volantines. Sonidos de vihuela, guitarra y arpa se abren paso en el bullicio popular. Las fondas más concurridas son las que se agencian a las mejores cantadoras de cueca. El circo anuncia el inicio de su temporada. Causeo, cazuela, huevos duros; la empanada y su prima chica, el pequén, protagonizan el menú dieciochero. El choripán aún no hace su aparición.
Ya a comienzos de siglo XX se ve poco elemento chileno y mucho invento europeo: la cerveza, de origen alemán, le empieza a competir a los brebajes tradicionales. Otros miran con preocupación que los asistentes vibren al son del corrido mexicano. También hoy se alzan voces que denuncian el abandono de la cueca por otros bailes caribeños, cumbia, salsa o reggaetón.