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EDICIÓN | Septiembre 2013

Jesuitas en La Serena. Del poder local al poder mundial: los humildes orígenes

Por Hernán Cortés Olivares. Historiador. Académico de la Universidad de La Serena.
Jesuitas en La Serena. Del poder local al poder mundial: los humildes orígenes

La comunidad mundial quedó asombrada ante la intempestiva elección de un cardenal argentino como Papa, más aún cuando los más connotados y famosos augures de la curia romana, jamás pensaron en que un sacerdote de la Compañía de Jesús pudiese llegar al trono de Pedro. Sin embargo, henos ante un genuino militante de Cristo, cuyo cuarto voto a diferencia de las otras órdenes regulares, es jurar la obediencia absoluta al Santo Padre.

La sociedad serenense, a diferencia de otras localidades de Hispanoamérica y de Santiago, tardó más de setenta y nueve años en lograr asentarse en la ciudad luego que, en 1593, el rey de España autorizara su labor entre los súbditos de ultramar. ¿Qué razones retrasaron su llegada en 1593, siendo que realizaron varias misiones de evangelización entre los pobladores y vecinos de la región de Coquimbo? En primer lugar, todos y cada uno de los integrantes de la orden jesuita debían ser financiados en todos sus gastos, con cargo a las cajas reales. Por otra parte, los habitantes de las ciudades y comarcas en las cuales desempeñarían su ministerio, debían proporcionarles tierras, edificios y residencias, mediante donaciones en dinero o en especies.
 
La otra dificultad fue la soterrada resistencia y abierta prohibición ejercida por todas las órdenes religiosas afincadas en la ciudad: franciscanos, dominicos y mercedarios, quienes monopolizaban la administración evangelizadora de una escasa población urbana y rural. La orden más poderosa en la ciudad era la de los mercedarios, cuna del poder de los encomenderos y señores de la tierra. Le seguían los dominicos y franciscanos: albaceas y representantes financieros de las familias de Aguirre, Cisternas, Cortés Monrroy, Pastene y sus parientes.
 
Las vicisitudes del asentamiento jesuita termina en 1672, cuando el Contador Mayor del Juzgado de Bienes de Difuntos en Lima, Antonio de Recalde, hace entrega de una donación por el valor de sesenta y tres mil pesos, al jefe de la Compañía de Jesús Antonio Alemán. Pese a la fortuna obtenida por la donación no fue tarea fácil adquirir tierras en la ciudad. El año 1673, los regulares inician la construcción del convento, iglesia y colegio, en un terreno arrendado a los pies del cerro Santa Lucía, hoy conocido como iglesia de San Agustín.
 
La permanencia de los regulares de la compañía dependía fundamentalmente del número, calidad y extensión de sus propiedades. Las estancias ganaderas, las actividades industriales y comerciales eran la base de la subsistencia, de las misiones, del estatus e influencia al interior de la sociedad. Compraron una chacra de tierras muy fértiles con un olivar en las inmediaciones de la ciudad y una hacienda para la crianza de ganados mayores y menores a ocho leguas al norte y otra hacienda mucho mejor en producción, en el valle de Elqui. En noviembre de 1678 construyeron un molino de pan en la parte alta de la ciudad, en lo que es hoy la calle Cantournet. Después de su construcción, la Compañía compró a los padres de Santo Domingo la estancia conocida como “del Teatino”, y que llegaba hasta la Cuesta de Buenos Aires. Ese mismo año el padre Antonio Alemán vende un pedazo de esta sierra a Bernabé López, desde la Quebrada Honda, hasta la cuesta de Buenos Aires. La justificación es que la Compañía no las aprovechaba y solo lo hacían los viajeros que iban al Perú con sus tropas de mulas.
 
En 1689, los jesuitas rematan la chacra y olivar. La otra gran propiedad de los jesuitas, ubicada en el valle del Limarí: la estancia de Quiles, fue rematada en 1725. Es la culminación del ascenso hacia la riqueza, el poder y la influencia que ejercieron los jesuítas en La Serena, hasta 1767, año de su expulsión por voluntad de su Real Majestad de España.
 

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