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EDICIÓN | Septiembre 2013

Aperos de lujo

Augusto Rojas, talabartero
Aperos de lujo

Cuarenta y seis años de experiencia le dan el título indiscutible de ser el mejor talabartero de Chile. Reconocido por la fineza y calidad de sus productos, en su tienda taller en Talca se le puede ver hasta hoy trabajando con sus propias manos cada detalle de los aperos que crea. 

por Constanza Valenzuela M. / fotografía Francisco Cárcamo P.

Podría haber sido cualquier lugar de Chile, pero fue Temuco la ciudad elegida por el talquino Augusto Rojas para buscar trabajo cuando tenía catorce años. Allí aprendió el oficio de la talabartería y con cuarenta y seis años de trayectoria, ha logrado ganarse un nombre entre los corraleros del país. No hay cliente que no vuelva e, incluso, llega gente de todo el país, recomendada por sus compradores amantes del rodeo, los que nunca han tenido ningún problema con los accesorios que crea. Aquí, la calidad está asegurada.
 
Son más de treinta años desde que volvió a su ciudad natal, pues encontró el amor, aunque dice no recordar cómo la conoció —bromea con que todo sucedió cuando fue a comprar el pan—; eso lo hizo radicarse en el Maule e instalar su local, y gracias a lo bien que le ha ido ha podido comprarse su propio campo y casa, además de darle una buena educación a sus hijos, y tener una preciada colección de objetos antiguos del rodeo, con más de doscientas tinajas y ruedas de carretas.
 
¿Cómo aprendió el trabajo de talabartero?
Comencé con un señor en Temuco que tenía una talabartería. Mirando aprendí este oficio. Ya en Talca, me casé y mi suegro trabajaba en zapatos. Al principio fue muy difícil, elaboraba pequeñas cositas para vendérselas a otras talabarterías. Con el tiempo los corraleros me fueron conociendo e invitando a los rodeos, donde también empecé a vender lo que hacía.
 
¿Es amante del rodeo?
Me gusta mucho, pero no tengo caballos, yo vendo los aperos. Es un amor desde lejos.

 
SIN COMPETENCIA
 
La Talabartería Augusto Rojas ha ido progresando con los años, pues en los inicios era un negocio pequeñito, en donde se hacían arreglos de riendas o monturas, y de a poco fue creciendo hasta establecerse en el recinto que posee en Cancha Rayada 1751 de Talca, en la región del Maule.
Hoy ya es reconocido, tiene un nombre y no hay necesidad de entregar sus productos a otros. Los vende él mismo en su negocio, los ofrece durante el circuito del rodeo chileno, los exhibe en la Fiesta de la Chilenidad y en el Champion de Chile.
 
Su horario es extenso, se levanta a las seis de la mañana y se acuesta cerca de la medianoche. No quiere que el negocio lo mantengan sus hijos, prefiere que ellos se dediquen a estudiar porque este “es un trabajo difícil que requiere muchos esfuerzos, sacrificios y, por sobre todo, paciencia”. Ver a don Augusto trabajar el cuero es ver a un artista desbordando toda su pasión para lograr la perfección, esa que le ha permitido mantenerse en el tiempo.
 
¿Cómo han sido los cambios en estos treinta años?
Hemos tenido hartos cambios, hay que innovar para vender. Estar pendiente de lo que quiere el corralero, de cómo le gustan las cosas. En este deporte es muy importante vestir elegante, por lo que es necesario seguir las tendencias de la moda.
 
¿Qué era lo que más se vendía cuando usted comenzó?
La rienda.
 
¿Y ahora?
Ahora se vende de todo: riendas, cinturones, monturas...
 
¿Qué tipo de aperos hay en su tienda?
Tenemos riendas, monturas. De todo: frenos, estribos, correajes, bajadores, taloneras, espuelas, botines, mantas, cinturones y sombreros, que pueden o no incluir el casco interno, que se utiliza para correr, entre otros.
 
¿Ha pensado en vender en el extranjero?
He vendido ya en el extranjero, pero es más difícil.
 
¿Cómo distribuye sus productos?
Salgo a vender yo mismo y solo entrego mis productos a una tienda que está en el Mall del Deporte en Santiago y que se llama Ecuestre.
 
Don Augusto cuenta que posee cuatro clientes que le compran siempre todo lo que necesitan, y entre los nombres de estos fieles están, por ejemplo, Juan Manuel Pozo y Gustavo Rivera, ambos amantes del rodeo y grandes empresarios de la zona.

 
HECHO A MANO
 
La talabartería es un arte que requiere mucha paciencia. Augusto Rojas cuenta que él mismo curte el cuero con el que trabaja, lo compra verde en el matadero, lo lava unos dos o tres días y le saca la grasa. Si necesita que el cuero quede liso, este trabajo requiere de un proceso de otros dos o tres días más para finalmente empezar a curtir y trabajar el material.
 
Cuando ya comienza el proceso de la confección, se hace todo a mano: las costuras, los cortes e incluso el teñido, no hay nada estandarizado, ni existen moldes. Este es un trabajo lento, en el que hacer un cinturón corriente lleva dos días y uno fino puede tardar hasta diez días.
 
Todo lo que se hace en la talabartería de don Augusto son piezas únicas, por lo que los valores pueden llegar a ser muy elevados, por ejemplo: se pueden encontrar monturas que cuestan más de un millón y medio de pesos, y que requieren un mes de trabajo cada una. También riendas trenzadas de doce hebras que tienen un precio que bordea los setecientos mil pesos.
 
Pero a pesar de que este empresario sabe que la necesidad de los corraleros va en aumento —pues cada año sus ventas van creciendo y debe ir reponiendo los productos que se venden todo el tiempo—, de igual manera quiere retirarse pronto del negocio porque ya está cansado y la salud, como él mismo dice, no es la misma que cuando comenzó. Quiere descansar de los viajes, pues un día debe estar en Antofagasta y al siguiente de regreso en Talca, por lo que se desgasta mucho.
 
¿Han cambiado las técnicas de trabajo?
Mucho, cada vez hay que trabajar de forma más fina y con el mejor cuero. Los materiales son de mayor calidad y es necesario inventar cosas que les gusten a los corraleros.
 
¿Cómo logra identificar las necesidades?
Voy a los rodeos. Ahí observo los gustos, principalmente que el caballo se vea bonito, con buenas riendas y monturas elegantes.
 
¿Cualquier montura le queda bien a cualquier caballo?
Cualquier montura le puede quedar buena a cualquier caballo, pero no a cualquier jinete, por eso se hacen a medida: de doce pulgadas para un niño de cinco o seis años; de catorce pulgadas para niños de diez años; y para un adulto, todo depende de cómo sea, por ejemplo, si es bien gordito de dieciséis pulgadas. Las medidas que más se venden son de quince o quince medio, ese es el estándar, porque los corraleros se cuidan mucho y, en general, no son gorditos.
 
¿Cuál es la proyección?
Terminar el negocio en unos dos años más. No sé qué haremos después, pero mi socio, Rodrigo Ponce, que trabaja hace más de veinte años conmigo, va a continuar con la talabartería, yo no quiero que siga en la familia. Él ha aprendido el oficio y sin duda es uno de los mejores de Chile. Recuerdo que iba pasando por afuera de la talabartería y quiso aprender a hacer un cinturón, y se quedó trabajando de principiante. Nunca más se fue. Él es el único que hace y deshace con el negocio, porque yo salgo a vender. Estoy cuatro meses en la tienda y los otros ocho ando vendiendo.

 

 

“Cualquier montura le puede quedar buena a cualquier caballo, pero no a cualquier jinete, por eso se hacen a medida”.

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