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EDICIÓN | Septiembre 2013

Italia, Capítulo 16

Altar de la paz
Italia, Capítulo 16

Por José Pedro Vicente, Arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago. www.fernandezyvicente.cl

Luego de haber recorrido de norte a sur, y de habernos detenido solo en algunos de los puntos más emblemáticos de este país, volvemos con un par de capítulos a Roma para dar término a la
temporada en el viejo continente.
 
Hay quienes sostienen que a mayor antigüedad, mayor interés, por consiguiente, mientras más intacto se encuentre, aumenta su autenticidad. En otras palabras, si es viejo no se puede tocar, simplemente por ser viejo.
 
Muchas edificaciones o ciertos vestigios del pasado, se mantienen en terreno de nadie dado que el criterio patrimonial que los afecta, es justamente “no tocarlos”. A mi juicio, el mejor contra ejemplo de esta realidad es la Basílica de San Pedro. Sobre la tumba del primer papa se decide ejecutar la basílica, luego, como complemento, la plaza ovalada que permite desarrollar un sinnúmero de actividades, multiplicando, de pasada, la capacidad para recibir a sus fieles. Es decir, el mensaje es intervenir todo lo que valga la pena, sin importar sus años ni envergadura, siempre y cuando lo que se haga sobre lo anterior, ponga en valor lo pre existente.
 
En este caso y coincidentemente en Roma, vemos como el “Ara Pacis” o “Altar de la Paz” se transforma en la excusa para desarrollar una envolvente de cristal que busca entregarle la importancia que se merece. A fin de cuentas, lo que se entrega es un museo que nos relata la historia de este monumento conmemorativo con más de tres mil años de vida. El altar fue construido en agradecimiento y recordatorio al emperador Augusto y sus logros en pro de la paz. En él, y para entender su función más allá de su condición de “escultura”, se debían sacrificar unos cuantos animales por año. Ritual a cargo de un sacerdote, quien accedía por el gran vano frontal que remata la escalinata, y por su parte posterior, la puerta de acceso para los sacrificados, quienes de paz no entendían mucho.
 
Este simple cubo de mármol, cuenta con ciento diez metros cuadrados —el equivalente a un departamento convencional—, donde únicamente tenemos un estrado para llevar a cabo los sacrificios. Monotemático y monumental, como la gran mayoría de las edificaciones del pasado, las cuales quisieron ser recuperadas por Mussolini como estrategia de reafirmación nacional, asimilando la imagen de un emperador sólido y absoluto.
 
Tales intereses particulares y de gran ambición, muchas veces terminan por beneficiar a la arquitectura. Piezas como esta, renacen en plenitud en la medida que se asocien a intervenciones como la desarrollada por el arquitecto Richard Meier, la que, más allá de su condición de cáscara de cristal, ofrece un programa complementario y enriquecedor conformado por salas de exposiciones, auditorio, cafetería, zona de restauración y una tienda. Todo lo anterior, pensado en generar una sinergia y enriquecer la experiencia de la visita y, por qué no decirlo, la explotación comercial del metro cuadrado.
 
En este caso, el objeto en cuestión es viejo y se toca. Es decir, demuestra justamente lo contrario al criterio patrimonial que nos afecta. Lo importante es saber cómo se interviene. Para eso, se debe reconocer su valor y aporte. No todo lo viejo tiene importancia. Existen muchas cosas del pasado tan aberrantes como algunos de los ejemplos de hoy. 
 

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