Nos reunimos a las nueve de la mañana en una cafetería cerca de su casa. Llegó pedaleando y con un bolso Patagonia al hombro, hecho ciento por ciento con botellas plásticas recicladas, según nos contó. Traía ropa ligera, la misma que utiliza tanto para subir el cerro como para ir a la oficina, pues “si tener que ponerme un traje me va a impedir andar en bici, no hay ninguna posibilidad”. Pidió un café con leche de soya y puso su IPhone 4 encima de la mesa.
Marcelo Mena, ingeniero civil bioquímico de la PUCV y PhD en ingeniería ambiental de la Universidad de Iowa, en EE.UU., no solo cree fervientemente en lo que dice, sino que lo practica a diario. Casado hace trece años con Loreto Stambuk y padre de dos hijos, espera la llegada del tercer niño y para ello se ha planteado como desafío ver qué cosas han cambiado desde el nacimiento de su última guagua, hace siete años, y así hacer algo más sustentable, aunque por definición asegura que un bebé no es sustentable.
¿Qué opina tu señora de esta volada?
Ella fue la principal impulsora, pero yo últimamente me arranqué con los tarros. Loreto recién se bajó de su bicicleta y eso que tiene seis meses de embarazo, porque consideró que podía ser un poquito peligroso ir cada día a la oficina desde nuestra casa en Vitacura a Providencia. Sin embargo, cuando vivíamos en Iowa, anduvo hasta los ocho meses en su bicicleta.
La bicicleta no es la única medida ambientalista que han tomado los Mena Stambuk. Marcelo tiene hace cinco años un auto híbrido, que utiliza los fines de semana cuando va con la familia, por ejemplo, a visitar a su suegra que vive en La Dehesa. “Con el auto ya recuperé la inversión, dado el ahorro de combustible. Asimismo, tengo un rendimiento cincuenta por ciento mayor de lo que sería la versión no híbrida”, nos cuenta.
Ha instalado en su casa paneles fotovoltaicos, utiliza duchas de ahorro de agua, la iluminación es eficiente con luces led o compacta fluorescente, usan lavavajillas, refrigerador con máximo ahorro de energía y productos de limpieza biodegradables, entre otros.
“Lo más importante que puede hacer el ser humano, como una acción única, es andar en bicicleta. Con eso puede reducir una tonelada de CO2 al año. Si pensamos que la huella ambiental de un chileno es de cinco toneladas al año, con el solo hecho de andar en bicicleta ya reduce una. Asimismo, trae beneficios económicos. Yo me ahorro al año dos millones de pesos en costos directos como el seguro del auto, la bencina y el Tag”, asegura Marcelo.
¿De dónde viene esta fascinación por el mundo verde?
De niño vivía en Villa Alemana y al lado de mi casa pasaba un estero con aguas servidas. Había basurales clandestinos, porque Villa Alemana recién estaba empezando a crecer, y mucho terreno eriazo. Recuerdo que a los siete años, estaba un día con mi mamá en Caleta Abarca y hubo un derrame de petróleo dentro del puerto de Valparaíso. Había gotas de petróleo en la playa, en el agua, al tocarlas se impregnaron en mi ropa y mi mamá demoró mucho tiempo en poder sacarlas. Ahí pensé en lo duro que sería, por ejemplo, para los pingüinos vivir con estas manchas de petróleo.
¿Cómo transmites esta conciencia ecológica a tus hijos?
Ellos saben y ven lo que hacemos en casa. Saben que tenemos energía fotovoltaica y cuando el medidor está girando al revés les explico que es porque se está generando mucha energía. Vicente sabe que un auto que tira humo contamina, él usa su bici, conoce el valor de reciclar porque ha visto imágenes de animales acumulando plástico en su estómago. Le he leído libros ambientalistas y él tiene muchos libros de animales, así que comprende cuál es el impacto que ha traído en estos ejemplares.
DE REGRESO EN CHILE
Tras terminar su doctorado en EE.UU. y haber sido reclutado por su profesor guía para trabajar el tema de pronóstico de aire, tan importante en una ciudad como Santiago, Marcelo regresó a nuestro país, el 2007, y sus esfuerzos se encaminaron hacia ese punto.
“Tuve un despertar verde, porque por primera vez me di cuenta de que abordar los temas ambientales no significaba esfuerzos mayores, sino muchas veces mejora en los servicios, mayor eficiencia, menores costos y empecé a buscar esas oportunidades. Tras el doctorado llegué a la conclusión de que cada uno de nosotros debía reducir sus emisiones en un ochenta por ciento para el año 2050”, cuenta Marcelo.
Quiso demostrar que eso se podía lograr, sin necesidad de contar con una tecnología mágica, sino que utilizando accesorios que venden en el retail. “Lo importante es que te das cuenta de cuál es la huella ambiental de todas las cosas que uno hace. En la calefacción, en la generación eléctrica, en las cosas que vistes, en la forma en que te transportas, todo tiene una huella. Básicamente hay que reducir cada uno de estos impactos”, asegura.
¿Crees que la conciencia ecológica está en todos los estratos económicos?
Para mí, el ambientalismo es una forma de mejorar la calidad de vida de la gente y nadie puede estar en contra de eso. Uno podría estar en contra de transformaciones sociales o económicas, pero de esto no, porque estamos todos afectados. Yo vengo de un mundo de izquierda y me di cuenta de que el tema ambiental afectaba, principalmente, a la gente de menores recursos y era una forma en la cual todos podíamos estar de acuerdo. El tiempo me dio la razón, ya que demostró ser un tema transversal: no hay nadie que esté en contra del aire puro.
Fue así como tuvo un intento fallido e ingresó por un período corto al Ministerio de Medio Ambiente como Asesor en Contaminación Ambiental. “Era un cargo que no estaba bien diseñado, no podía adjudicar proyectos, no podía definir medidas contra la contaminación, no había presupuesto para mejorar el sistema ecológico y, al darme cuenta de que me tenían como chivo expiatorio por cualquier cosa que pasara, una especie de fusible para defender al intendente o ministro de turno y ante el hecho que no hubiera nada nuevo, nada que defender o innovar con un cargo a disposición de cualquiera, me fui”, recuerda.
Sin embargo, el “hombre cero emisión”, como también se le conoce, asegura que durante este gobierno las cosas han cambiado. “En el gobierno de Piñera, cosa que me sorprendió, muchas de las normativas que se anduvieron chuteando fueron rápidamente aprobadas. A pesar de que no es mi tendencia política he trabajado con este gobierno y han sido bien receptivos en muchos temas”, dice Marcelo.
MEDIDAS EFICIENTES
A través de estudios científicos se ha demostrado que medidas como la restricción vehicular de un día para otro no da resultados. Lo que sí sirve es tomar medidas con varios días de antelación. “Le dijimos a la intendenta que toda alerta que tomara por una preemergencia hacía menos probable la misma. En alerta suprimimos el uso de la leña, que constituye cerca del cincuenta por ciento de las emisiones en invierno, y con ello se hace menos probable que ocurra una preemergencia. Tenemos un sistema que ve con cuatro días de anticipación y le entregamos la información al gobierno para que tome las medidas”, dice.
Los modelos han demostrado que la preemergencia ambiental es la acumulación de tres días de contaminación. El noventa por ciento del material particulado viene de antes. Dicho eso, la restricción vehicular cumplió su objetivo hace veintidós años, cuando eximió de restricción a los vehículos catalíticos. “Sin embargo, en el intertanto, aparecieron los vehículos diesel y les vendieron la pomada de que eran verdes. Por kilómetro cada auto emite, en su mejor caso, seis veces más material particulado y, en su peor caso, doscientas veces más material particulado que uno bencinero. En vehículos livianos, cerca del diez por ciento son diesel y aportan el ochenta por ciento de la contaminación. Lo que hay que hacer, sin duda, es una restricción vehicular para los diesel”, enfatiza Marcelo.
¿Cómo mejoramos la calidad de vida en Santiago?
Einstein decía: “No podemos pensar en resolver los problemas con la misma mentalidad que los creó”. No podemos solucionar el problema de tránsito en Santiago con más carreteras, eso es inducir más transporte. Hay que empezar a pensar que la ciudad tiene que estar hecha para la gente y si la ciudad es para el auto será patético. Será necesario vivir más lejos y se dará un crecimiento absurdo. Tendremos que recorrer grandes distancias para llevar a los niños al colegio, para ir a la oficina, con el consecuente gasto de combustible, y como es caro, todos optarán por el diesel y, al final, todo contamina más. En Europa se privilegia el transporte público, el transporte comunitario, espacios integrados a la ciudad, no una ciudad hecha para autos. Hay que incentivar el metro o más tranvías. Hoy es mucha la gente que se bajó del auto y se subió a la bici. Tenemos que quitarle espacio al automóvil y que las ciclovías vayan por la calle, compartir el espacio entre las bicicletas y los autos. Por ahí va la cosa…