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EDICIÓN | Septiembre 2013

El peor de todos

Por Nicolás Larraín, Publicista y conductor radial
El peor de todos

Uno se imagina y recuerda mucha gente en la vida: maleducada, suficiente, prepotente, insoportable y sin necesidad de hacer nada más que respirar. Yo sé que en mí pueden estar operando muchos prejuicios, pero cuando has vivido rodeado de estos pechugones prepotentes, cualquiera los distingue a menos de diez metros.

Muchas veces, cuando se habla de la mala educación, el pensamiento tiende a imaginarse, en primera instancia, al flaite que bota la basura al suelo en el mismo momento que
se compró la sopaipilla en Estación Central (escena que vi esta semana, para que no me digan que estoy estigmatizando a una comuna). Basta recordar las imágenes después del recital de Los Javias afuera del Museo de Bellas Artes y ver la “chanchada récord mundial” que dejaron para imaginarse que no son solo flaites y abarca a varias otras capas urbanas.
 
O también la familia new rich que va al cine y los niños botan al suelo todas las cabritas y los vasos de bebida y les da lo mismo. Esa misma familia que tutea a todos los que atienden
en las tiendas, sin importar su edad y que los tratan pésimo... “tráeme otra polera más altiro, oye...” y el por favor no existe. Y anda a encontrar alguna falla en la tienda a ver cómo empapelan a garabatos a esa o ese pobre dependiente.
 
Pero lo que me motivó a escribir estas líneas es el peor de todos: el pechugón mal educado. Cuando entré ayer a comprar unos erizos en La Pesca de los Mekis (“háganse esa cuiquería pos hom”) había un caballero (sesenta y cinco años), canoso, con chaqueta de cuero comprando ostras y
erizos. Solo miraba lo que él estaba probando, no miraba a nadie más. Se paró al lado de la caja, abrió su chequera mientras el atendedor preparaba las ostras y los erizos; él no lo miraba, no miraba a nadie, ni a los que entrábamos, respiraba suficiencia, su mirada estaba en su chequera, su celular, sus cosas, todo era él, si levantaba la vista no veía nada, era solo para hacer algo. Todo le daba exactamente lo mismo. Era tanto lo que estaba centrado sobre sí mismo que yo lo podía observar con detención y él no se daba cuenta porque nada le importaba en la vida. Si puedo escribir esto es porque mi papá me enseñó a no ser así. El vendedor le pasaba las cajas de ostras y erizos y nunca dijo gracias. De hecho, le pasa las cajas y dice muchas gracias, y el viejo pechugón contestó solo con un hasta luego.
 
Les juro que la escena fue de terror. Uno se imagina y recuerda mucha gente en la vida: maleducada, suficiente, prepotente, insoportable y sin necesidad de hacer nada más que respirar. Yo sé que en mí pueden estar operando muchos prejuicios, pero cuando has vivido rodeado de estos pechugones prepotentes, cualquiera los distingue a menos de diez metros. Caminen un ratito por Isidora Goyenechea y van a poder observar esta “suficiencia alienada”, donde no importa nada más que mis pasos, mi camino, mi negocio, mi vida... el resto que se muera.
 
En febrero escribí sobre la rotería general de todos y esbozaba la causa en la exaltación de los medios de la mala educación; sin embargo, en el caso de este pechugón, las causas las veo en la corrosión del poder. Se siente de la clase alta, habla con puros pechugones, tiene plata, hace lo que quiere y no mira a nadie. Para mí el peor de todos.
 
Es difícil sugerir algo para tratar de corregir este tema, por lo demás a esos viejos pechugones no me los imagino leyendo este tipo de columnas, sino más bien buscándose desesperadamente en las fotos de la vida social. Solo me queda pensar cuán felices serán en ese estatus de autonomía y suficiencia.
 
Lo veo comiéndose ese erizo, mirándolo concentrado, pensando en la cuenta corriente y hablando de tendencias económicas y políticas para después irse a dormir y roncar igual que todos. No hay mucho más que hacer. Si alguien le lee la columna, ojalá esboce una sonrisa y la próxima vez salude a quien entre a una tienda donde esté comprando y le dé las gracias a quien lo atienda.
 

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