Evidentemente estamos en un mundo que nos hace sentir que siempre nos faltan cosas o que podríamos estar mejor; esto hace que aumente el consumo y que sintamos que es necesario trabajar mucho para comprar cosas que, sin duda, según el mensaje, nos harán muy felices.
Si yo pregunto al alma de ustedes cuántas de las cosas que tenemos o las que les compramos a nuestros hijos son imprescindibles, tendríamos que reconocer, con honestidad, que hay muchas que no son necesarias. Sin dejar de reconocer, también en honor a la honestidad, que es lindo tener cosas que no son necesarias, pero que nos gustan.
El problema no solo está ahí, sino en nuestra conducta de permanente insatisfacción donde aun “teniendo” —muchas veces o casi siempre— no parecemos contentos ni menos agradecidos. Es como si todo fuera obvio y natural y estuviéramos convencidos de que la felicidad pasa por el tener o por aspirar a una perfección a la que nunca llegaremos. Es tan clásico en las mujeres que nos digan que tenemos el pelo bonito y respondamos: sí, ¡pero tengo las puntas partidas!; o que te digan: ¡que linda tu chaqueta!, y contestas: pero si es tan re-vieja... ¡Plop!. ¿Alguna de nosotras nos colocaríamos algo que encontremos viejo y feo?, me imagino que no. Prefiero que aprendamos a decir: ¡Sí gracias! y no el desanimado sí, que por lo demás es un tanto agotador. Centrarnos en nuestras fortalezas pasa primero por ver lo que tenemos y no lo que nos falta. A todos nos faltan cosas pero si nos centramos en eso, no podríamos sonreír del alma nunca más. En cambio, si miramos lo que tenemos, que siempre es más que las cosas que nos faltan, estaríamos contentos siempre.
Aprendamos a mirar nuestras virtudes, lo luminoso de nuestro ser, a sentir que nadie es responsable por hacernos felices; que eso es algo que nos toca a nosotros, a cada uno y que nuestra gran misión en la vida es aprender a amar, dejar huella y ser felices. Haciendo estas tres cosas nos podremos aceptar y disfrutar de la vida plenamente.
Esto que digo suena fácil, pero es un trabajo cotidiano que hay que hacer consciente y debemos ser responsables con nosotras mismas todo el tiempo. Hay que aprender a quererse como somos, pero para eso debemos saber cómo somos, es el primer trabajo: AUTOCONOCIMIENTO.
Después de esto es la ACEPTACIÓN, que no es resignación, pero sí aceptar lo que no se puede cambiar, y modificar lo que es posible. Al final viene el tercer camino que es EL QUERER LO QUE SE ACEPTA.
Haciendo estos tres trabajos quedaremos listos para empezar a trabajar casi todas las preguntas que ustedes me hacen todo el tiempo, y que yo también intento resolver para mi propia vida ¿Les parece que lo intentemos?... Ahh, ¡pero sin quejarse! Jajaja