La Guerra Fría acabó hace más de dos décadas, pero he aquí un resabio de los días cuando hasta en las canciones pop se hablaba del botón rojo que haría saltar la Tierra en pedazos, en un ataque nuclear masivo. En el primer mundo, en particular en Estados Unidos, comenzó a gestarse esta cultura de quienes pretenden estar preparados para el fin del mundo. Obviamente, ahora la gente ya no pone al tope de la lista de posibles cataclismos una lluvia de bombas atómicas sino, tras la debacle económica de 2008, un desastre financiero y, más abajo, desórdenes climáticos.
Preppers se encarga de mostrar a estas personas bajo la lógica de un reality, lo cual de inmediato le resta cierto grado de credibilidad al asunto. Los casos son reales, pero el tratamiento va decantando a una especie de evaluación hecha por un panel de expertos, que jamás aparece en pantalla. De ellos no hay más indicio que una voz en off diciendo que así se dirimirá cuánto alcanza a sobrevivir cada participante con su respectivo sistema, en caso de un desastre. Es un segmento poco serio y de escasa transparencia. El resto del tiempo las cámaras siguen a estos eventuales sobrevivientes con un libreto y acciones concertadas, de escasísima naturalidad.
Hay de todo, desde tipos que con solo escuchar las primeras líneas de su filosofía de supervivencia sabemos que sucumben a la primera, a otros que han invertido cientos de miles, sino millones de dólares, para sortear el fin de los tiempos.
En Natgeo están felices porque es uno de sus programas más exitosos, con especial efecto en el público masculino que promedia la medianía de los cuarenta. Que triunfen con un producto bajo sus estándares no deja de ser contraproducente. Quizás es otro signo de los tiempos: crece el espacio para la basura en televisión.