El pasado carbonífero de nuestra región y la cerámica de Lota tienen una estrecha relación. Así lo explica Alejandro Mihovilovich, director de la Biblioteca Municipal y del Museo Galería de la Historia de Concepción: “El problema para una buena ceramista es la temperatura a la que debe llegar el horno para cocer el barro. Nuestro carbón era bueno, pero no tenía la capacidad calorífica suficiente. En un principio se explotaba para abastecer ferrocarriles y a la marina, pero a poco andar aparece la minería del cobre en el norte. Entonces, los barcos partían con carbón hasta allá y después debían volver lastrados con piedras. Y a alguien se le ocurrió reemplazar las piedras por cobre para fundirlo acá y así pagar el viaje de regreso. Eso trajo como consecuencia el requerimiento de ladrillos refractarios para crear los hornos aptos para trabajar el metal. Por tanto, surge Lota Green, que tenía la tecnología para fabricar estos ladrillos, y por ende, el calor que requería la cerámica fina”.
OBJETOS DECORATIVOS
Al mismo tiempo, explica Mihovilovich, los Cousiño comienzan la creación y ornamentación de su parque, inaugurado en 1852. “Para este requieren una serie de mobiliario de loza, además que el desagüe también era de este material”.
Esto lo reafirma un artículo dedicado al tema publicado en la revista MásDeco del diario La Tercera: “Se cree que parte de la producción de objetos artísticos comenzó alrededor del año 1860, cuando Isidora Goyenechea de Cousiño se dedicó a ornamentar el parque de Lota de Matías Cousiño. Esculturas, jarrones y fuentes llenaron este jardín con un estilo Art Nouveau, movimiento de fines del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX”.
En el catálogo Cerámica Artística de Lota, de 1997, del Museo de Artes Decorativas (MAD), se especifica que, considerando las piezas con datación, la producción de objetos para menaje no comenzó sino hasta la década del treinta, lo mismo que los decorativos. Los registros hablan particularmente del año 1928, con posterioridad a la instalación del horno túnel.
Tomás Stom, dueño del Museo Stom y de la mayor colección de estas piezas, cuenta que parte del motivo de la creación de la cerámica es la preocupación por darles una fuente de ingreso a las mujeres de los mineros. “Estos ganaban poco, entonces se busca complementar el sueldo con la labor de las mujeres”.
El peak de producción industrial fue entre los años treinta y siete y cincuenta y dos, donde incluso se trabajó con artistas como Eugenio Brito, Osvaldo Barra y Alejandro Sepúlveda, quienes diseñaron y dirigieron la creación de varias piezas de distintos estilos “cuando la palabra diseño ni existía”, comenta Fernando Guzmán, historiador del arte y decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Adolfo Ibáñez, citado en el reportaje de revista MásDeco.
Según se explica en el catálogo del MAD, “muchos diseños son creaciones locales, entre ellos las piezas que corresponden a la iconografía nacional: las tres mapuche, el jugador de chueca, el huaso y el copihue, entre otros. Pero al mismo tiempo se copiaban o imitaban modelos europeos; las figuras del vendedor y la vendedora de globos, por ejemplo, son piezas que fabricó la firma inglesa Royal Daulton”.
La publicación del año 1952, Cien años del carbón de Lota, se refiere al fin de la producción de cerámica artística y de vajillería: “En atención a que, en 1951, cambiaron las condiciones económicas del mercado, la superioridad de la compañía resolvió paralizar los ramos de cerámica artística, vajillería, azulejos y mosaicos, y destinar estas instalaciones, modernizándolas, a la fabricación de ladrillo refractario”.
Como comentan Stom y Mihovilovich, la producción de cerámica artística nunca fue rentable, sino que se creó simplemente para otorgarles una ocupación a las mujeres. Sin embargo, las mismas presiones salariales de estas —“eran aguerridas como sus maridos”— contribuyeron a cerrar esta rama. Pero los moldes se vendieron a fábricas como Fanaloza, donde se siguieron produciendo hasta hace algunos años atrás.
COLECCIONABLES
Tomás Stom es el mayor coleccionista de Cerámica de Lota en Chile y aparece mencionado en todos los documentos encontrados al respecto. Ha donado parte de sus objetos a distintos museos.
¿Cómo empezó la colección?
Hace unos treinta años atrás instalé la Óptica Suiza en Lota. Primero hice convenios con ENACAR para entregar lentes a los trabajadores y a sus familias, entonces empecé a viajar muy seguido a esa localidad y, como soy un coleccionista, frecuentaba la feria libre. Ahí encontré algunas piezas, que me llamaron la atención por su belleza, y las fui comprando e investigando al respecto. Hablé con loceras antiguas que me explicaron lo que hacían y cómo trabajaban y me encantó.
¿Alguna buena historia que se esconda detrás de alguna de ellas?
En Lota había una pequeña colección en el Museo Histórico y me pidieron piezas para armar las salas. Ahí conocí algunas que no había visto ni en catálogos, sobre todo una virgen que nunca había visto antes. Pensé: “qué linda, pintada a mano. Qué ganas de tenerla”. No por un punto de vista religioso, sino que estético y de coleccionista. Cuando volví a mi negocio, la óptica de la galería del Cine Romano, veo que dentro está la virgen. La miro detenidamente y no era exactamente la misma, pero muy parecida. Me dijeron que me la habían llevado por si me interesaba para la colección.
¿Cuántas piezas tiene?
Exacto no sé porque el terremoto quebró unas ochenta y hay algunas en reparación. Creo que debo tener cerca de ochocientas.
Pero una colección quizás igual de grande podría nacer si juntáramos todas las piezas de cerámica de Lota repartidas en los hogares penquistas, objetos que son parte importante de nuestra historia regional e incluso nacional. Por eso, la invitación es a que no duerman en las cajas heredadas por nuestros abuelos, sino que juguemos a integrarla en la decoración de nuestras casas, ya que, al ser más modernas, crean un interesante contraste que además tiene la virtud de rescatar nuestra identidad.