“Ay, de cuanto conozco y reconozco es la madera mi mejor amiga”, decía Neruda en sus Odas elementales. Esta frase identifica profundamente a Néstor “Willy” Reyes, un artesano cuya pasión le permitió tener un trabajo remunerado en ASMAR, tallando madera a pedido por treinta años. Ahora que está jubilado, se dedica a lo que lo hace más feliz: lo mismo.
por Monserrat Quezada L. / fotografía Sonja San Martín D.
Cuenta la historia familiar que la señora de Néstor Guillermo Reyes Bucarey, una vez ganó una apuesta gracias al talento de su marido: “Una persona pensaba que la cadena que Willy había tallado en una de sus obras no era de madera, sino que era de verdad, pintada y lacada. Tuve que rasparle un pedacito de un lugar no visible para que me creyera, y le gané una comida que después disfrutamos todos”.
ÁNGELES
Willy relata sobre sus inicios en este oficio: “Comencé desde muy pequeño como un pasatiempo, ya que como me crié sin papás, yo tenía que crearme mis propios juguetes. Hacía palitos de honda, los revólveres, las espadas, diversos elementos para entretenerme. Como vivía en Santa Bárbara, tenía el campo al lado y sacaba troncos de cualquier lugar”.
Al principio nadie le enseñó, y fue experimentando solo con el material. Pero ya más grande, cuando vivía en Los Ángeles, empezó a relacionarse con artistas reconocidos como Pacheco Altamirano, Nangari Simon, Eliseo Asau y Osvaldo Órdenes. “Allá teníamos un grupo de arte donde nos hacían clases de más o menos quince días. Pintaba y el dibujo lo llevaba a la madera, siempre. Pero ahí aprendí a darle perspectiva y volumen a los trabajos”.
¿Cuándo empezó a comercializarlos?
Una amiga tenía una librería en Los Ángeles y me pidió uno de mis trabajos para embellecer la vitrina. Fue entonces cuando alguien preguntó por el valor porque quería comprarla y lo hizo, así que así seguimos mostrándolas en su negocio. Al principio, cuando alguien se los llevaba, en vez de estar feliz, me sentía mal porque era algo muy personal, y la verdad es que hasta ahora me sucede lo mismo. Cuando hice a Su Santidad el Papa Juan Pablo II para el Liceo La Asunción, me dio mucha pena desprenderme de él. Les dedico tanto tiempo que hasta sueño con ellos y me encariño, inevitablemente.
“Al principio, cuando vendía mis trabajos, en vez de estar feliz, me sentía mal porque era algo muy personal, y la verdad es que hasta ahora me sucede lo mismo. Les dedico tanto tiempo que hasta sueño con ellos y me encariño inevitablemente”.