Bastaron cinco minutos. Solo cinco minutos para caer rendida frente a Víctor Küllmer (77). Su locuacidad y sentido del humor me mantuvieron al borde de la silla durante casi dos horas. Tiempo en el que realizó un par de pasos de ballet, dibujó gráficos y recordó medio siglo de docencia.
Dice que su ego está por las nubes. No por él, sino por la Escuela de Negocios, que este año cumple sesenta años. “Usted no me va a creer, pero me acaba de llegar un mail con los nombres de un solo curso egresado y los puestos que tienen actualmente: gerente comercial, gerente general, propietario, presidente, director... ¡Qué orgullo, oiga!”.
Es viernes por la mañana. Y Víctor Küllmer, el legendario Víctor Küllmer, profesor emérito de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez, me muestra una larga lista de ex alumnos. “Sin olas no hay oportunidades. Nosotros les enseñamos a nuestros alumnos a enfrentar las dificultades y los desafíos. A no achicarse, a tener esa pasión, esa fuerza y ese orgullo”.
¿El sello de la Escuela de Negocios?
La capacidad de liderazgo, de emprendimiento e innovación. Estamos contribuyendo a hacer un Chile mejor, con egresados capaces de crear valor económico y espiritual. De eso se trata el marketing 3.0, que tenga sentido lo que estamos haciendo, que el trabajador se dé cuenta que está contribuyendo a hacer un mundo más humano, más justo.
¿El ABC de un buen empresario?
Tiene que tener visión, una perspectiva global de las cosas. Una
capacidad analítica amplia e integral para ver las oportunidades y ser capaz de crear algo nuevo para los consumidores, que resuelva un problema, que tenga un mercado y que aporte a la sociedad.
HOMBRES DE ACCIÓN
“Yo espero que cuando ustedes egresen, lean The Economist”, les dijo Pedro Ibáñez el primer día de clases en la Escuela de Negocios de Valparaíso. Esa misma tarde, un joven Víctor Küllmer se inscribía en el Instituto Chileno Norteamericano. Las clases de inglés las pagaría con su mesada. “Muchos de nosotros le creímos a don Pedro. Fíjese que el primer cartel publicitario que se hizo de la Escuela en ese tiempo decía: “Hombres de acción”. Y justamente ese es el foco de la Escuela de Negocios de la UAI: centrarse en las habilidades, más que en los conocimientos, centrarse en el arte, más que en la técnica”.
En esa época, no había ningún profesor full time, ni tampoco titulado en la escuela. Solo un sacerdote jesuita, profesor de economía, que tenía un doctorado en el London School of Economics. Al poco tiempo de formar la Escuela de Negocios, Pedro Ibáñez, el precursor, se dio cuenta de que debía tener profesores a tiempo completo.
“¿Qué debemos hacer para tener una escuela de primer nivel?”, le preguntó un día don Pedro a un profesor de Harvard en su estadía en Chile. “Contrate a sus ayudantes”, le dijo el catedrático, “pruébelos como profesores ayudantes y si eso resulta, mándelos a las mejores universidades del mundo”. Y así fue. El primer profesor de la Escuela de Negocios en viajar al extranjero a perfeccionarse fue Sergio Jara. Luego le seguiría Paco García, Gustavo Fonck y, en 1963, le llegaría el turno a don Víctor. Y el destino fue la Universidad de Harvard.
¿Qué le dejó ese tiempo?
Durante un semestre tuve clases de doctorado, de máster y de docencia con los mejores profesores del mundo. Los mismos que habían escrito los libros que descansaban en la biblioteca, una sala tremenda de una cuadra de largo. El primer caso en política de negocios que me tocó analizar fue si el New York Times debía ser un diario regional o nacional. Quince minutos antes de terminar la clase, el profesor invitó a pasar adelante al presidente del diario a analizar el debate que habíamos realizado. ¡Imagínese!.
Durante su estadía en Harvard, don Víctor aprendió cómo se enseñaba, cómo se motivaba, cómo se administraba una escuela de negocios, cómo se seleccionaba a los profesores, cómo se hacía investigación. “Fue toda una experiencia”.
¿Lo inolvidable?
Una vez, un compañero de curso me cuenta que estaba organizando una fiesta en la que tenía invitada a una banda. La entrada costaba un dólar. Pero tocó la mala suerte que dos días antes del evento esta banda fue entrevistada en Estados Unidos y fue tal el revuelo, causó tal sensación, que no pudo asistir a la universidad. ¿Sabe quiénes eran? ¡Los Beattles! Y todo porque la policía no quiso correr el riesgo de que se produjeran desórdenes en el campus universitario por la cantidad de gente.
LOS INICIOS
Víctor Küllmer asegura que la Escuela de Negocios partió en forma modesta, con doscientos libros en su biblioteca, cinco salas de clases y dos salas de profesores. Pero que las ganas por trascender, la visión formidable que tuvo Pedro Ibáñez, la orientación hacia el futuro y la certeza de que las cosas se hacían con esfuerzo, fueron los catalizadores del gran crecimiento de la UAI.
Fue en la época en que era ayudante cuando descubrió que lo suyo era la docencia, que lo suyo era motivar, que su vocación estaba en llegar a los alumnos y que el mensaje quedara grabado a fuego.
¿El talento nace o se hace en la sala de clases?
Nace y se hace. Y no solo se hace en la casa, en el colegio y en la universidad, sino también —y principalmente— en el trabajo.
¿Qué significa la docencia en su vida?
Me produce adrenalina. Cada clase es un desafío. Un desafío no solo de entregar, sino también de llegar al alumno, de remecerlo, de interesarlo.
¿Qué le falta a nuestra juventud?
Madurez. Vienen absolutamente perdidos, porque viven en una burbuja, no se dan cuenta de los sacrificios que hacen los padres para darles una buena educación, no tienen idea de cómo funciona el mundo. Fíjese que cuando estos alumnos se casan y tienen el primer hijo, ¡ahí se ponen inteligentes!
¿Qué pasa con los estudiantes que llegan tarde a sus clases?
Tienen que bailar ballet. Y bailar con gracia, con ritmo. Y como a los alumnos les falta personalidad ¡llegan a la hora para no hacer el ridículo!.
Pero no siempre fue así. Si hay algo que tiene Víctor Küllmer en su ADN es despertar esa capacidad de asombro y sacudir a su audiencia estudiantil. Famosas son sus historias pateando su reloj, tirándolo lejos, como si en ese simple movimiento se le fuera la vida. Los ojos desorbitados, el pelo en perfecto desorden, los anteojos en equilibrio precario. Hacía eso todos los primeros años con los alumnos que llegaban atrasados. También se subía arriba de la mesa en un intento por enseñarles la perspectiva de las cosas. Y funcionaba. Y funciona. Hasta hoy.
“En mis clases yo les pregunto a mis alumnos qué es lo que se tiene que hacer para transformar a simples boteros en navegantes, como lo hizo Enrique el Navegante. Qué es lo que se tiene que hacer para transformar a comerciantes en hombres capaces de comerciar con el mundo. Y la clave es la visión. La Escuela de Negocios, con su metodología, produce un cambio extraordinario en las personas”.
¿El mejor consejo para los futuros ingenieros?
Que tengan su propio proyecto de vida a largo plazo y que trabajen todos los días en función de él. Uno la vida se la construye. Todos deben ser empresarios de su propio destino.
LA CLASE PERFECTA
“¿Sabe cuál es la clase perfecta?”, me pregunta don Víctor. “La que hacen los alumnos. Lo fácil es escupir conocimiento, lo difícil es desarrollar habilidades, es crear el desorden de la participación”.
En sus inicios, partió haciendo clases de economía y tuvo un ayudante tan extraordinario que se dijo “esa no es mi área”. Ese estudiante era Carlos Cáceres.
Durante cincuenta años, don Víctor ha sido un formador, un inspirador. Ha construido vínculos imperecederos con los alumnos que han pasado por sus clases. De costos, de contabilidad, de economía, recursos humanos, administración de personal, emprendimiento, marketing electrónico, marketing social. Da igual. En todas ellas ha puesto su sello, ha movido el piso y les ha impregnado nuevos bríos.
¿Los alumnos que dejaron huellas?
Carlos Cáceres, Jonny Kulka, Thomas Keller.
¿La clase magistral más memorable?
Una clase extraordinaria que hizo Michael Porter, uno de los profesores más destacados en estrategia competitiva, a los alumnos de la Escuela. Y la que protagonizó el economista Theodore Levitt, famoso autor de La miopía del marketing.
¿Un defecto?
Hablo muy fuerte. En mi casa se quejan, en la iglesia se quejan, los vecinos se quejan. ¿Es que sabe lo que me pasa? Me emociono en las clases y esa emoción se la transmito a mis alumnos y es la que echo de menos cuando están de vacaciones.
¿Sus mejores años?
Todos han sido buenos, pero si me preguntas tengo lindos recuerdos cuando la casa estaba llena de niños, de amigos, de ruido, de vida. Fueron los mejores años. Ahora tengo el síndrome del nido vacío. Vivo con un nieto que estudia ingeniería industrial en la UAI y uno de mis hijos.
¿A quién admira?
A Winston Churchill, por la capacidad de liderazgo, de enfrentar la adversidad, de motivar, de hacer partícipe a los demás.
Si pudiera volver el tiempo atrás, ¿qué cambiaría?
Habría hecho un doctorado.
¿El desafío más grande?
Ser decano.
¿Y cuál es su gracia?
Hacer locuras en clases, atreverme y que los alumnos se acuerden. Por eso lo del “loco” Küllmer. Yo todavía me subo al escritorio, y me equilibrio al borde de la mesa ¡con 77 años! Me entretengo demasiado haciendo clases, pero viera como quedo después... liquidado.
La mañana pasa rápido y llega la hora de almuerzo, mientras me cuenta sus viajes a Villarrica a ver a sus hermanos. “Usted viera a mi hermano Osvaldo, ese sí que es entretenido, yo soy fome al lado de él”.