Sin monarquía, pero con una clase acomodada de gran fortuna, la capital dio la bienvenida a los palacios. Desde 1870 y hasta la segunda década del siglo XX, la ciudad colonial, hispana, con edificios de adobe y planificada en cuadras, dio paso a una urbe sedienta de Francia: su cultura, arquitectura y modas.
Se trajeron mármoles de diversas procedencias, láminas de parqué tallado a mano, finísimos terciopelos y tapices bordados, muebles con estilo de las cortes de todos los “luises”, jarrones de porcelana china, lozas italianas, cristales franceses, cubiertos de plata...
Unos treinta palacios se encuentran aún en pie, principalmente en el centro de Santiago, aunque en condiciones muy dispares: desde el virtual abandono, hasta restaurados como sedes de organismos públicos e, incluso, comerciales. Este último es el caso del Palacio Larraín Zañartu, de 1872, que albergó al diario El Mercurio entre 1902 y 1983. Desde entonces —y hasta 2011— permaneció únicamente su fachada, que fue recuperada por el proyecto privado “Espacio M” (Compañía esquina Morandé), que dispuso un mall en el área interna.
Mejores tiempos ha conocido el Palacio Cousiño (Dieciocho 438), fruto de la fortuna minera y vitivinícola del matrimonio de Luis Cousiño e Isidora Goyenechea. Terminado en 1878, fue habitado por la familia hasta 1940, cuando fue vendido simbólicamente a la Municipalidad de Santiago y se destinó como hospedaje de visitas ilustres, presidentes, premieres y realeza. Pese a que lo aquejó un incendio en 1968 y que el último terremoto lo afectó fuertemente —permanece cerrado—, funciona como museo, conservando sus salones originales, reflejo de la vida de la oligarquía santiaguina: con sus salas de instrumentos musicales, armería, pinacoteca, baile y juegos de casino.
El Bruna, ubicado en Merced, fue encargado por Augusto Bruna, empresario del salitre, quien lo situó en uno de los sectores más elegantes del Santiago decimonónico: el Parque Forestal. Adquirido por el cónsul de Estados Unidos en los años cuarenta, desde 1995 fue restaurado y habitado por la Cámara Nacional de Comercio.
Un símbolo de romanticismo es la expresión que ideó el dueño del mineral de Chañarcillo, Francisco Ignacio Ossa, quien mandó a un arquitecto a capacitarse a España para construir una réplica de la fortaleza mozárabe de la Alhambra, ubicada en Granada. Emplazado en Compañía 1340, terminó como sede de la Sociedad Nacional de Bellas Artes.
El Palacio Pereira, (Huérfanos 1515, esquina San Martín), residencia de Luis Pérez Cotapos, figura como el símbolo del abandono y poco amor por el patrimonio, pues se ha deteriorado por décadas. Sin embargo, en diciembre pasado se anunció un proyecto que busca su restauración y rehabilitación para albergar un espacio de uso público y dependencias de la Dibam y Cultura.
También en espera se encuentra el Ariztía, que fue sede de la Cámara de Diputados de Santiago desde 1993 y traspasado al Tribunal Constitucional en 2009, pero no se ha podido usar por los daños del terremoto de febrero de 2010. Su fachada hoy es víctima de rayados.
Varios de ellos se pueden apreciar en una caminata por la Alameda: Palacio Errázuriz (Alameda 1656), actual embajada de Brasil, el Palacio Concha (esquina Enrique Concha y Toro), hoy centro de eventos y de emprendimiento. En la intersección con San Martín, la casa Rivas, aloja una ferretería en su primera planta y a partir de su fachada se erige un hotel. Más al norte, el Edwards, en Morandé con Catedral, también recuperado en los sesenta, para dar sede a la Academia Diplomática Andrés Bello. Finalmente, el Palacio de Francisco Subercaseaux (Agustinas 733), frente al Teatro Municipal, que es actualmente el Club de Oficiales de la Fuerza Aérea.
Muchos quedan fuera de esta lista, aunque pueden ser admirados para los días del Patrimonio, en el sitio del Consejo de Monumentos o en la reciente publicación de Fernando Imas y Mario Rojas Palacios al norte de la Alameda: El sueño del París americano. Allí hay valiosas imágenes de los que ya no quedan, como el mítico Concha-Cazotte, donde se celebró el denominado “baile del siglo”, en 1912.
En el siglo XX, las migraciones desde el campo y la densificación del centro histórico, más la presencia de una emergente clase media, impulsaron a las grandes fortunas a subir en latitud y migrar a barrios más nuevos, como Providencia o El Golf, en que el estilo, si bien se mantiene elegante, es más austero. También ellos, hoy, ven la huida de los sectores más granados hacia nuevas cumbres.