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EDICIÓN | Agosto 2013
La pintura vive y muere

Cuando me inicié en la pintura, hace poco más de cuarenta años, tenía la sensación que mi trabajo podía cambiar el mundo. En los años setenta, la pintura como expresión y disciplina estaba muy ligada al acontecer político de la posguerra. 

Roberto Matta pintaba billetes de diez dólares que enviaba por correo a Chile para juntar dinero para derrocar a la junta militar. Claudio Bravo pintaba para los reyes de España, su nobleza y la sociedad adinerada post franquista. Ambos pintores, los mejores exponentes del talento nacional que triunfaban internacionalmente.
 
Mi dilema como artista, era cómo sacar la pintura del conflicto ideológico a la que estaba sometida. Cómo hacer que mi trabajo fuera distinto. La crítica internacional hablaba de la decadencia de la pintura y de su próxima desaparición. Yo me preguntaba cómo un oficio tan bello y tan extenso estaría condenado a morir. Finalmente, la intromisión de nuevos lenguajes, como la fotografía y el video, y en especial, el llamado “arte conceptual” fueron, a mi parecer, la piedra final, la lápida que cayó y que selló, definitivamente, la bella expresión de la pintura. De ahí en adelante, el público comenzó a perder definitivamente el interés por un arte que se fue haciendo cada vez más críptico e ininteligible. Simultáneamente a esto, el nacimiento de una sociedad de consumo, el culto a lo desechable y a lo intrascendente, terminaron por sepultar lo que alguna vez fue un lenguaje bello y poderoso.
 
Vivimos de esperanza. Leonardo da Vinci decía que “de época en época, la pintura decae, pero vuelve a renacer”. Hoy más que nunca, la sociedad y la civilización necesitan puntos de referencias y equilibrio. El hombre continúa siendo un animal sensorial y sensual y el único lenguaje que puede expresar esos profundos sentimientos, frente a, por ejemplo, la frialdad de las tecnologías, seguirá siendo la pintura.

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