Cuando me inicié en la pintura, hace poco más de cuarenta años, tenía la sensación que mi trabajo podía cambiar el mundo. En los años setenta, la pintura como expresión y disciplina estaba muy ligada al acontecer político de la posguerra.
Roberto Matta pintaba billetes de diez dólares que enviaba por correo a Chile para juntar dinero para derrocar a la junta militar. Claudio Bravo pintaba para los reyes de España, su nobleza y la sociedad adinerada post franquista. Ambos pintores, los mejores exponentes del talento nacional que triunfaban internacionalmente.
Mi dilema como artista, era cómo sacar la pintura del conflicto ideológico a la que estaba sometida. Cómo hacer que mi trabajo fuera distinto. La crítica internacional hablaba de la decadencia de la pintura y de su próxima desaparición. Yo me preguntaba cómo un oficio tan bello y tan extenso estaría condenado a morir. Finalmente, la intromisión de nuevos lenguajes, como la fotografía y el video, y en especial, el llamado “arte conceptual” fueron, a mi parecer, la piedra final, la lápida que cayó y que selló, definitivamente, la bella expresión de la pintura. De ahí en adelante, el público comenzó a perder definitivamente el interés por un arte que se fue haciendo cada vez más críptico e ininteligible. Simultáneamente a esto, el nacimiento de una sociedad de consumo, el culto a lo desechable y a lo intrascendente, terminaron por sepultar lo que alguna vez fue un lenguaje bello y poderoso.
Vivimos de esperanza. Leonardo da Vinci decía que “de época en época, la pintura decae, pero vuelve a renacer”. Hoy más que nunca, la sociedad y la civilización necesitan puntos de referencias y equilibrio. El hombre continúa siendo un animal sensorial y sensual y el único lenguaje que puede expresar esos profundos sentimientos, frente a, por ejemplo, la frialdad de las tecnologías, seguirá siendo la pintura.