Una explosión de azúcar. Una dulce tentación para endulzar la vida. Así podríamos calificar a esta tienda, cuya estética limpia y colorida se empina en el Cerro Alegre. Su dueña, de sangre asturiana, quiso aportar al patrimonio que ofrece la ciudad porteña e incluir en su ruta, el oficio de los carameleros de antaño. ¿El resultado? En estas páginas.