Una mancha de pintura que cayó a la tela por casualidad, fue el punto de partida de un mundo artístico que ella misma denominó puntillismo braille. De ascendencia croata, su estadía en Ölüdeniz pintando óleos y una vida nómade confabularon en una personalidad irreverente, apasionada y autodidacta. La trilogía que pareciera englobar a esta diseñadora industrial de formación y artista por vocación. Pero no. Anka es mucho más que eso. “El arte es mi vía de escape”, afirma.