Dejó atrás el vértigo y los prejuicios de su padre y se lanzó a volar. Primero, como piloto de avión y, luego, como instructor de parapente. Aquí encontró un nicho inexplorado, formó su propia empresa y, hoy, cuenta con más de tres mil vuelos. Su invitación es a atreverse, a disfrutar, a relajarse y a sentirse como un pájaro libre surcando los cielos.
Por cielo, mar y tierra emerge como un gran faro inconfundible del nuevo rostro porteño. Desde el cerro más alto, su formidable y espigada figura recibe con sus brazos abiertos a peregrinos y turistas. También refuerza la autoestima y la fe a sus propios vecinos. A quince años de su apertura, este imperdible ícono cristiano y turístico suma más de dos millones y medio de visitas.