Apenas llegó a Antofagasta, se involucró de lleno en su realidad. Lejos de asustarse con los cerros desnudos de árboles, descubrió sus colores y se enamoró de su entorno. Siente que la ciudad y la región tienen mucho que ofrecer y que es tarea de cada uno, buscar Cuna forma de aportar a su crecimiento y desarrollo.
Casi sin notarlo, el paisaje del desierto más árido del planeta rompe su monotonía gracias a una extensa cuenca que corre de cordillera a mar, con una longitud de casi cuatrocientos cuarenta kilómetros, y que en su fondo, casi escondido, mantiene una variada biodiversidad en flora y fauna. Este milagro es gracias a un torrente constante de agua que baja de la cordillera y cambia abruptamente los colores tradicionales de nuestro tradicional entorno.
