TELL NORTE DICIEMBRE 2019

Javier Stitchkin Brío D ice que desde muy niño tuvo claro lo que quería, que hay que ser muy honesto con la escultura y que como artista necesita sorprenderse a sí mis- mo todo el tiempo; de ahí su constante búsqueda a través de distintos materiales. Con veinticinco años de trayectoria y varias exposiciones bajo el brazo, Stitchkin se define un ermitaño, pero uno tremendamente orde- nado y disciplinado, más maduro. “Estoy en equilibrio, sé cuáles son mis prioridades: estabilidad emocional, tranquilidad familiar y paz. No necesito más”. Marcado por una familia de artistas —su padre es el connotado pintor Sergio Stitchkin y su abuelo David, fue director de teatro de la Universidad de Concepción—, estudió en un colegio alternativo y humanista, donde pudo volcar toda su creatividad. “El formador de mi carrera fue mi padre. A él le debo mi formación académica, porque él teorizó mucho el arte y me enseñó la estructura”. ¿Qué significa ser artista? Lo es todo, es una forma de vivir, es estar conectado con las cosas simples, es un mirar diferente, es valorar lo cotidiano, es impresionarse, es vibrar, es ser sensible. ¿Cuál es tu propuesta con Bríos ? Desde el 2014 comencé una investigación en torno al caballo como una prolongación del ser humano, como un ser mágico, mitológico. Empecé a frecuentar criaderos, hice unas cabalgatas maravillosas con mis hijos al pie de la cordillera. Y a medida que pasó el tiempo, me fui enamorando del animal, lo fui entendiendo y lo investigué desde el realismo, hasta generar una imagen lúdi- ca muy personal en que de a poco estos seres se fueron humani- zando. Y eso me interesó mucho. La iconografía que representa es bien propia, porque nació de un lenguaje muy espontáneo, pero de mucha investigación y dibujo, de mucho sentimiento. Producto de años de investigación, el caballo se transforma en la prima donna de una muestra llena de detalles y guiños poéticos que lleva por nombre Brío . La exposición, que por estos días se exhibe en la galería La Sala, consta de cuarenta y dos esculturas de diverso formato y materialidad. “Me he dado el permiso de gozar esta exposición y de estar tranquilo con lo que estoy haciendo”, afirma el artista. Por Macarena Ríos R. /Fotografía Andrea Barceló y gentileza Javier Stitchkin.

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